Psicoterapia para el cambio

Algo que perdonar

Hay pocos temas fundamentales; por ejemplo, el amor, la muerte, Dios. La vida se trama con unos cuantos asuntos repetidos de infinidad de maneras, según cada persona y cada momento; uno de ellos es la oportunidad de perdonar.

Aunque se puede perdonar a una persona, un grupo, una entidad o una situación (Casullo, 2006), este ensayo trata solamente sobre el perdón de una persona a otra, sobre los motivos para hacerlo y la evasión que puede representar el resolver que “no hay nada que perdonar”.

Todo lo que provoca resentimiento genera una ocasión para el perdón, pues terminar con el resentimiento es lo básico en el proceso de perdonar. Son objetos apropiados para el perdón, tanto las faltas de consideración y las ofensas cotidianas, aparentemente de poca importancia, como la deslealtad y la violencia, que dejan marcas profundas. Esto no implica necesariamente olvidar la transgresión, renunciar a castigarla o restablecer una relación con el ofensor; simplemente significa templar los sentimientos y poner fin a una actitud hostil (Casullo, 2005; Comte-Sponville, 2008).

Según Comte-Sponville (2008), la misericordia es la virtud del perdón. Esta virtud se relaciona con la compasión, es decir, con la empatía por el sufrimiento, y con la generosidad, que es el ejercicio de dar para hacer el bien (cf. Comte-Sponville, 2008): el vocablo latino donare, con el que se forma la palabra “perdón”, significa “dar” (Moreno, s. f.). Quien perdona da de sí mismo la resolución de deshacer un vínculo destructivo. Estrictamente, se entiende como “generoso” dar a otro, en este caso, al ofensor; pero cabe considerar que una persona sea generosa consigo misma. Esta cuestión del destinatario de la generosidad remite a los tipos de motivos para perdonar: el motivo es la bondad cuando, simplemente, la compasión impulsa la misericordia hacia quien ha cometido una transgresión. Lo más común es perdonar por obligación o por conveniencia.

Casullo (2005, 2006) investigó los motivos por los que las personas perdonan y encontró apenas un poco de empatía, en medio de interés por el bienestar personal y por el buen curso de las relaciones interpersonales; interés que tiene sentido, puesto que efectivamente, perdonar reduce la angustia, la ansiedad y el estrés¹, y hace más positivo el comportamiento hacia quien es objeto de perdón. En un estudio exploratorio, identificó las siguientes razones por las que los sujetos consideran importante perdonar (Casullo, 2006, p. 14): “Todos nos equivocamos y merecemos una segunda oportunidad”. “Para no vivir con rencores, con sentimientos negativos”. “Para estar bien con uno mismo, en paz y tranquilos”. “Para lograr una mejor convivencia con los demás”. “Es un acto necesario e inteligente”. “Para poder ser perdonados”. “Para poder olvidar y seguir adelante”.

Por supuesto, puede haber bondad cuando se perdona por interés, pero al perdonar por bondad no hay un mayor interés que el de satisfacer la necesidad o el impulso de hacer el bien, que no es exactamente el mismo que el de hacer lo correcto. Lo que lleva a pretender hacer lo correcto es el compromiso con la obligación. Se perdona por obligación al buscar cumplir con criterios éticos o, más comúnmente, con mandatos de la tradición o de la religión. En cualquier caso, no se puede saber a simple vista qué motiva un perdón. Además, los motivos no son tajantemente excluyentes. Puede haber una mezcla de obligación y conveniencia en la motivación de quien pretende cubrir las características de un perfil que le defina como “buena persona”, “auténtico cristiano”, etc.

[1] Algunos autores sostienen que en algunos contextos, perdonar es riesgoso; por ejemplo, en situaciones de violencia (cf. Casullo, 2005). Sin embargo, este riesgo parece asociado a una falta de conciencia de que el perdón no implica comportarse como si nada hubiera sucedido.

 

Sobre esto último, hay que tener en cuenta que el perdón es fundamental en el cristianismo (Casullo, 2006, p. 19). El Papa Francisco (2016), desde el dogma católico, recuerda que Dios perdona cualquier pecado si el pecador se arrepiente y que recibir este perdón compromete a la misericordia, es decir, a perdonar a los congéneres. De esta noción se desprende un entendimiento económico del perdonar: se recibe algo: el perdón, a condición de algo: el arrepentimiento, y se da algo a cambio: el perdón a los demás (cf. Cohen, 2012). Esto no quiere decir que tal sea el espíritu del evangelio o de la catequesis, lo que se sugiere es que eso es lo que se aprehende. Se supone que el perdonar cristiano sea un acto de amor inherente a la gratitud y a la identificación con Cristo, no el pago de una deuda.

La relevancia de la religión en la cultura del perdón se encuentra también en el perdonar por conveniencia: para hacer méritos con Dios. Además, la socialización muestra al niño, lo conveniente de perdonar para ser considerado “bueno”, es decir, para ser aprobado. Se perdona por conveniencia siempre que se está buscando una ganancia personal, como cuando se pretende recuperar la tranquilidad o cuando se busca mejorar una relación, sea con el ofensor o con alguien asociado a éste. Tal vez las relaciones familiares se sostienen en parte, en esta práctica: un cónyuge perdona para volver a llevarse bien con el otro, un hermano perdona para no tener problemas con la madre.

Se aprende que perdonar es bueno y la capacidad de perdonar se desarrolla[2]. No se puede controlar por entero una reacción afectiva; pero sí se puede formar un carácter prudente capaz de templanza y entereza. También se aprenden y se desaprenden premisas sobre lo correcto en las relaciones humanas. Se empieza por la formación en urbanidad. Es común la escena en la que un cuidador hace que el niño A pida perdón al niño B; otro cuidador hace que el niño B responda al niño A que todo está bien, y finalmente se insta a los dos niños a darse la mano o besarse. Esta práctica en particular puede ser nefasta cuando no hay lugar para la expresión sincera. Pero el caso es que con un trato menos o más respetuoso, cada generación empieza a representar el perdón y a perdonar, obedeciendo e imitando (cf. Comte-Sponville, 2008).

[2] Como nota en relación con esta afirmación, Subkoviak y colaboradores, citados por Casullo (2005), encontraron que los adultos tienen mayor capacidad de perdonar que los adolescentes.

 

Enright y colaboradores, citados por Casullo (2005), describieron las siguientes fases de la capacidad de perdonar. La etapa temprana, en la que el perdón es condicionado a una especie de justicia: el ofensor debe ser castigado para que se le perdone. La etapa intermedia, en la que el perdón responde a la presión por parte de personas significativas. Y la etapa final, del perdón incondicional. No todos llegan a esta última fase; de hecho, para algunas personas, perdonar siempre es muy difícil. Quien tiene un perfil narcisista, por ejemplo, con su autoestima vulnerable, su pobre capacidad de empatía y ausencia del sentido de reciprocidad social, tenderá a responder al daño u ofensa con comportamientos vengativos: le resultará casi imposible perdonar (Casullo, 2005).

Que el ofensor muestre arrepentimiento puede hacer menos difícil el trance para quien perdona (Casullo, 2005, 2006). Sin embargo, no deja de ser un proceso que cuesta esfuerzo y lleva tiempo (Casullo, 2005; Moreno, s. f.). Es necesario que el ofendido elabore el duelo por lo que perdió: la sensación de seguridad, la confianza en el otro, etc.; esto inicia aclarándose a sí mismo qué ocurrió y reconociendo lo que siente. Poco a poco, reflexionando, se resignifican los hechos, se desasocia la ofensa del ofensor, y finalmente, se perdona (cf. Moreno, s. f.; Cohen, 2012).

¿Nada que perdonar?

A menudo, personas que querrían perdonar rehúyen hacerlo. “Que lo perdone Dios, porque yo no puedo”, dicen algunos. Otros resuelven que “no hay nada que perdonar”. Puede ser una manera de ostentar superioridad moral o simplemente un intento de llevar a la práctica una “disculpa intelectual” (término empleado por Cohen, 2012). A veces, no se trata de una decisión como tal, sino de un comportamiento que corresponde a vínculos en los que quien ha sido agraviado no es capaz de colocarse en posición de acusar.

No es poca cosa lo que se está tratando de evitar. Encarar que efectivamente ocurrió un agravio puede hacer sentir humillación y vergüenza; dar lugar a la tristeza puede hacer sentir vulnerabilidad; explorar los sentimientos de enojo puede llevar a encontrar odio y deseos de venganza, lo que a su vez puede producir aversión, miedo y culpa. Además, en algunos contextos tienen gran influencia cuestiones como las tres que se bosquejan a continuación:

  • La idealización.- Entre parejas, la idealización romántica lleva al convencimiento de que el ser amado es perfecto y por tanto, lo que hace debe estar bien; si lo que hace no está bien, es que no tiene importancia; si no está bien y tiene importancia, habrá actuado como defensa legítima, es decir: no hay algo que reprocharle. La idealización en otras relaciones donde hay admiración provoca prácticamente lo mismo; sucede a menudo con quien desempeña el rol de mentor. Los actos reprobables son justificados como singularidades de alguien que pertenece a otra categoría, a veces claramente definida, por ejemplo, la de los intelectuales, artistas, librepensadores, poderosos, etc. Si quien recibe la ofensa o agresión no bloquea el malestar, lo atribuye a sus propias limitaciones.
  • La tolerancia como forma sin principios de fondo.- La tolerancia es una actitud de respeto a la diferencia que se construye en el conocimiento de la diversidad y que se refleja en una disposición de apertura hacia los demás. Cuando simplemente se promueve como la necesidad de soportar la presencia o los actos de los otros, se convierte en mera continuación de los deberes de urbanidad. Así, bajo el entendido, sustentado o no, de que algo no debiera disgustar, ofender o lastimar, puede pasar que las sensaciones de malestar que provoca ese “algo” sean apabulladas. Es posible que intervengan en esto, tanto el miedo al conflicto, como la necesidad de proteger el autoconcepto, sobre todo si ser tolerante es una característica valorada en la comunidad a la que se pertenece.
  • La idea de que cada cual es por completo responsable de todo lo que le sucede.- Esta idea progresista que permite asumir control sobre las situaciones, cuando se entiende de modo simplista niega que se pueda incidir en la vida de alguien sin permiso. Bajo esta perspectiva, no hay recriminación legítima, excepto la que cada cual haga a sí mismo: “nadie te hace nada, tú te lo haces por ponerte en esa situación o permitirlo”. Esta forma de pensar se asocia con altas expectativas en cuanto a la racionalidad, expresadas en frases como: “si te lastima, quítate de ahí”, “el otro puede hacer o decir lo que sea: tienes el poder de ignorarle”. El compromiso con la racionalidad supone que entender algo es asimilarlo y que asimilar cancela el dolor y el resentimiento. Es la visión de gran parte de la cultura popular de superación personal.

El “nada que perdonar” del que se está hablando es problemático porque no es real. Las siguientes son dos situaciones ilustrativas en las que se presenta, en el contexto de las relaciones típicamente más significativas: la de padres e hijos y la de pareja.

a) Los padres hicieron lo mejor que pudieron.- Nada que perdonar.

Hay toda una mitología de las relaciones familiares alrededor de la figura de la “familia feliz”, que esconde el daño causado por los padres a los hijos con acciones u omisiones que objetivamente podían haberse evitado. Idealizar a papá y mamá protege del dolor de aceptar no haber sido amado, cuidado o tenido en cuenta del modo en que se necesitaba. A veces, el temor es tal, que no se puede aceptar siquiera, que los padres fueron o son ocasionalmente egoístas o groseros. Además, está socialmente condenado juzgar a los padres que no abandonaron el hogar, excepto en el caso de las madres que se alejan del rol tradicional de género. “Ya lo entenderás cuando tengas hijos”, se dice. Y efectivamente, el temor al juicio que le correspondería como madre o como padre, puede hacer que una hija o un hijo se abstenga de juzgar a sus papás.

Por otra parte, acorde con la idea de que cada cual es responsable de sí mismo, se espera que los adultos, por el hecho de serlo, hayan trascendido los conflictos de la infancia y la adolescencia; como si las “cuentas pendientes” con papá o mamá se cancelaran automáticamente en el cumpleaños veinticinco. Sentir rencor o simplemente enojo hacia los padres, más allá de la adolescencia, se considera por lo menos, desfasado. Pero ni las heridas sanan ni el resentimiento desaparece por el mero paso del tiempo (Cohen, 2012).  

b) Nadie pertenece a nadie, el amor es libre.- Nada que perdonar.

Un miembro de la pareja que rompe un pacto de fidelidad está transgrediendo una alianza en agravio del otro miembro. En la lógica del marco cultural de esta sociedad, lo normal es que esto provoque cuando menos indignación. Beltrán-Morillas, Valor-Segura y Expósito (2015), asientan que violar las normas de exclusividad relacional es considerado la transgresión de mayor gravedad en la pareja. Sin embargo, algunas personas pretenden un desapego del amor romántico o una comprensión de la naturaleza humana incompatible con la decepción, por los cuales resuelven que “todo está bien” con quien ha sido infiel. También sucede que, en un afán de apresurar la recuperación tras la crisis, se asuma responsabilidad sobre los propios sentimientos, deslindándolos de las acciones del otro: desenfocando que “él/ella hizo eso”.

Incluso concluyendo que los pactos de fidelidad son un sinsentido, haberlos hecho en su momento habrá generado expectativas y haberlos roto -no está de más repetirlo- es una transgresión; por lo tanto, caben la decepción, el enojo, etc. En cuanto al desapego del amor romántico, que por supuesto es posible, habría que notar que personas con largos procesos deconstructivos de sí mismas, siguen trabajando en ello, por lo que no será muy común encontrar a alguien que verdaderamente está “libre” de la forma tradicional de entender las relaciones. Por otra parte, dado el caso de que se comprenda a cabalidad el comportamiento de la persona infiel y la situación total de infidelidad, tal comprensión no cancela necesaria ni inmediatamente, los sentimientos ya mencionados de tristeza, enojo, etc.

Cuando no hay infidelidad ni abuso, cuando simplemente, una de las partes decide terminar la relación de pareja, puede ser más complicado admitir que se percibe un perjuicio a partir de lo que el otro hace o deja de hacer, y que, por tanto, hay algo que perdonar.

Habrá eventos y situaciones en los que verdaderamente no lastime ni dañe, lo que lastima o daña a la mayoría; depende de la historia personal, los valores y el desarrollo emocional de cada cual. También habrá eventos y situaciones que lastiman o dañan, a pesar de ser inocuos para la mayoría de las personas. De hecho, habrá situaciones en las que, aquel a quien identifica como agresor u ofensor no sea responsable del daño o la ofensa recibida. Pero en cualquiera de los casos, hace falta reconocer con honestidad lo que se está sintiendo; luego, cabe contemplar la posibilidad de perdonar. No se trata de alimentar sentimientos destructivos: se trata de hacer conscientes los que existen. Tampoco se trata de hacer reclamaciones fuera de lugar: se trata de reconocer la conveniencia de perdonar aquello que se ha vivido o se vive como agravio, incluso parezca o sea irracional vivirlo de este modo.

Es verdad que “cuando el perdón está concluido, cuando es completo […] no hay más odio que hacer cesar y el perdón se anula en la misericordia” (Comte-Sponville, 2008, p. 135). Sin embargo, comúnmente llegar a este punto ha requerido atravesar el camino que empieza por indisponerse contra quien se percibe como ofensor, a veces hasta el grado de odiarle.

 

Referencias

Beltrán-Morillas, A. M., Valor-Segura, I., y Expósito, F. (2015). El perdón ante transgresiones en las relaciones interpersonales. Psychosocial Intervention, 24, 71-78. Recuperado el 15 de julio del 217, de: http://psychosocial-intervention.elsevier.es/es/el-perdon-ante-transgresiones-las/articulo/S1132055915000186/#.WXzX4oQ1_IU

Casullo, M. M. (2005). La capacidad para perdonar desde una perspectiva psicológica. Revista de Psicología, PUCP, 23, 39-64. Recuperado el 15 de julio del 2017, de: http://www.redalyc.org/html/3378/337829529002/

Casullo, M. M. (2006). Las razones para perdonar. Concepciones populares o teorías implícitas. Recuperado el 18 de julio del 2017, de: https://dspace.palermo.edu:8443/xmlui/bitstream/handle/10226/421/7Psico%2001.pdf?sequence=1&isAllowed=y

Cohen, D. (2012). Ni bestias ni dioses. Argentina: Debate.

Comte-Sponville, A. (2008). Pequeño tratado de las grandes virtudes. Buenos Aires: Paidós.

Moreno, J. E. (S. f). La familia y el desarrollo moral. Recuperado el 15 de julio, de: http://www.enduc.org.ar/comisfin/ponencia/105-07.doc

Papa Francisco. (2016). Misericordia et misera [Carta apostólica]. Recuperado el 20 de julio el 2017, de: http://w2.vatican.va/content/francesco/es/apost_letters/documents/papa-francesco-lettera-ap_20161120_misericordia-et-misera.html

Viorst, J. (1990). El precio de la vida. Buenos Aires: Emecé editores.

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