Psicoterapia para el cambio

El primer hijo y el final de la relación

Se ha dicho que tener un hijo es lo que convierte en familia a una pareja; pero en algunas circunstancias, tener un hijo es precisamente el detonante de una crisis que termina con la relación de pareja.

Este ensayo expondrá por qué puede ocurrir algo así, empezando por mencionar algunos de los problemas que rompen relaciones, para luego centrarse en la llegada del primer hijo como detonante de una crisis que desgasta la relación hasta romperla. Siempre se alude a parejas heterosexuales occidentales, unidas en relaciones de tipo marital. No se aborda la situación de adopción, que tiene características especiales, sino solamente el nacimiento y el inicio de la crianza del primer hijo biológico.

Antes de entrar en materia, hay que señalar que finalizar una relación es un proceso en el que pueden ubicarse momentos específicos: cuando se consideró la opción de terminar, cuando se tomó la decisión, cuando se concretó la ruptura. También pueden distinguirse hitos que dan cuenta de la distancia emocional que suele ser precursora de los rompimientos: él se muda a otra recámara, ella cambia de empleo sin compartir nada al respecto, alguno de los dos convalece sin apoyo del otro, etc. Por supuesto, en una ruptura hay múltiples implicaciones: un hecho está siempre en relación con otros y lo que “rompe” la relación se presenta en una situación donde hay otras cuestiones a tener en cuenta. Dice Etienne (s. f.):

Así, una relación depende de los recursos personales de cada quien (honestidad, comunicación clara, respeto, comprensión, etc.) de lo que emerge entre ambos (simpatía, empatía, diferenciación, inclusión, exclusión, etc.) y de las múltiples reconfiguraciones que puede adoptar el campo, entendido como la totalidad de factores interactuantes en un momento dado […]

 

¿Qué es lo que “rompe” las relaciones?

La fractura paradigmática de una relación de pareja es la que resulta de la infidelidad, puesto que rompe el acuerdo fundante de la misma. La infidelidad sexual difícilmente se perdona, lo que eventualmente conduce al fin de la relación (Morillas, Valor-Segura y Expósito, 2015). Otros actos que expresan indiferencia por el bienestar del otro o una posición en contra del otro rompen con el sentido de estar juntos: son comunes en las situaciones conflictivas provocadas por el comportamiento de una persona con adicción, con un trastorno psiquiátrico o simplemente demasiado egocéntrica. En el caso de las relaciones con violencia, las mujeres violentadas que han buscado ayuda suelen relatar que un día “algo” desbordó la situación: un golpe que dolió más o un gesto que representó el sometimiento; es entonces que buscaron detener la violencia, lo cual en muchos casos conlleva el fin de la relación (Suárez, 2006).

También pueden conducir a la ruptura, las situaciones críticas mal gestionadas, en las que uno o ambos miembros de la pareja están sometidos a desgaste físico y mental. Ocurre cuando hay que cuidar a una persona enferma o con discapacidad (cf. Nigenda, López Ortega, Matarazzo y Juárez-Ramírez, 2007), cuando se pierde una fuente de ingresos importante, cuando una catástrofe destruye la casa, etc. La atención se concentra en la situación desgastante, él no se porta como ella esperaba o viceversa y la alteración nerviosa precipita reacciones defensivas inapropiadas. Pero el problema no está en la gravedad de la situación en sí misma, sino en el modo en que se le enfrenta: también los cambios favorables representan un riesgo para la continuidad de la pareja, en la medida en que la desestabilizan. Se aprendió a convivir en unos términos y no necesariamente se aprenderá a convivir en otros. De hecho, que uno de los dos supere un problema puede ser problemático para la pareja, al menos en primera instancia; llega a pasar cuando se recupera una persona alcohólica¹.

[1] Hay casos en los que, cuando mejora el paciente alcohólico empeora la familia y viceversa (Marcos y Garrido, 2009).

 

Puede observarse que las premisas del amor romántico permean los motivos de ruptura enunciados; por ejemplo, creer que la infidelidad es inevitable cuando sobreviene un enamoramiento o que es imposible de superar, suponer que quien ama debe aguantar todo con abnegación y nunca tiene sentimientos negativos hacia el ser amado, y por supuesto: pensar que el amor por sí mismo, automáticamente, soluciona cualquier problema (cf. Sangrador, 1993).

Dice Etienne (s. f.):

A veces la crisis anuncia el final del trayecto. Los intereses cambian, los ritmos se desincronizan, las intencionalidades viran. En otras, es el anuncio de que algo debe ser atendido y hacerlo, fortalece el vínculo […] No existen mayores razones para continuar o no en una relación más que las deriven de una revisión desprejuiciada de lo que todavía queda (no de lo que fue ni de lo que puede ser) entre ambos protagonistas y una evaluación que integre tanto consideraciones afectivas, económicas, existenciales, sociales, y de realización personal.

 

La crisis de pareja ante el primer hijo

Un cambio que definitivamente obliga a nuevos términos en la relación de pareja y coloca a sus miembros en una situación altamente demandante es el nacimiento del primer hijo. Aunque la llegada de cada hijo implique una reorganización familiar que afecta a la pareja, es el primero el que les convierte en padres, con lo que esta transformación tiene de crítica y trascendental. Aun cuando se trate de un hijo planeado y deseado, no todas las parejas se recuperan de la crisis detonada: algunas terminan su relación amorosa aunque por la inercia o las necesidades de la crianza, no se planteen separarse físicamente o decidan no hacerlo.

Es común que los papás de un recién nacido, luego de los primeros días de visitas en los que reciben consejos contradictorios, se queden relativamente solos con una criatura en cierta forma desconocida a la que hay que atender prácticamente todo el tiempo. La mujer está vulnerable físicamente y probablemente con dolor (cf. Laza y Puerto, 2011). En el primer brote de crecimiento, el bebé demanda más comida y la madre que amamanta puede sentirse agobiada (Martínez, 1997). Si hay cólicos, el llanto puede durar horas durante días consecutivos (Martínez, 1997). Esto es cansado cuando se trata de niños sanos y la familia tiene recursos materiales suficientes; otras circunstancias llegan a ser extenuantes.

Si la pareja no evolucionó de la fase de enamoramiento, centrada en el placer, a una fase de “nidación” enfocada en hacer funcionar el hogar, la convivencia se hará tan problemática que puede hacer inviable permanecer juntos (cf. Villegas y Mallor, 2012). El respeto, la comunicación y la simpatía son imprescindibles para apoyarse en esta etapa y brindarse contención mutua frente a los sentimientos ambivalentes y ambiguos que van a existir (cf. Villegas y Mallor, 2012). De este modo, la intimidad emocional compensa el detrimento en la vida sexual y prepara las condiciones para su posterior revitalización. Es de esperar que este ajuste cueste más a los hombres con masculinidades tradicionales, que tienen difícil expresar ternura, hablar de sus sentimientos, ser empáticos con sus parejas, asumir una responsabilidad compartida en las cuestiones domésticas y negociar límites flexibles y tolerantes (De Kejzer, 2006).

A veces, los hombres optan por retirarse, real o simbólicamente. No hay una cultura que favorezca el ejercicio de la paternidad. De hecho, los jóvenes no integran el ser padres en su proyecto de vida, aun cuando asuman que un día serán papás (Salguero, 2008). En la gran cantidad de hijos de padres ausentes, distantes o agresivos, resuena la incertidumbre y el temor ante su propio rol de padres, sobre todo porque no quieren repetir patrones indeseables (cf. Salguero, 2008), lo que a veces sucede a pesar de las buenas intenciones.

Por su parte, las mujeres en el puerperio viven lo que Gutman (2006) llama “una locura necesaria”: están fusionadas con la cría, muy sensibles y asediadas por conflictos inconscientes en relación con la propia madre y otras experiencias de vulnerabilidad. Se trata de un estado alterado que puede trastornar seriamente sus capacidades cuando no se les brinda apoyo apropiado. Tómese en cuenta que el bebé real nunca es el que se ha fantaseado y la maternidad tampoco es lo que se idealiza: muchas mujeres no sienten un amor desbordante, de hecho viven momentos de rechazo al bebé y a las implicaciones que trae consigo, lo que les genera miedo, ansiedad y culpa (Viorst, 1990). Pocas cosas son tan negadas y silenciadas como esto.

Evidentemente, numerosos padres y madres se inician en la crianza sin mayor complicación que el cansancio físico, cambian con naturalidad sus pautas de interacción para asumir las funciones de sus nuevos roles y consolidan su relación de pareja (cf. González, 2000). Se requieren condiciones antecedentes de insatisfacción marital e idiosincrasias que dificulten la adaptación a la maternidad o la paternidad, para que la pareja se desestabilice hasta el linde de la ruptura cuando nace su hijo (cf. Mágaz y Sánchez, 2003).

Comprender a estas parejas en riesgo de terminar o que han terminado a raíz de los cambios ocurridos cuando nació su primer hijo, pasa por conocer qué significa para cada uno de ellos ser padre o madre, qué les significa el hijo nacido, y con qué recursos cuentan para hacer frente a la crianza: recursos propios y percibidos en el otro (cf. González, 2000). ¿Se cree que fallar como mamá o papá tendrá consecuencias terribles? ¿Tener un hijo representa una pérdida de libertad, más que otras cosas? ¿Se esperaba que la presencia del bebé resolviera problemas previos? ¿Ambos toleran el llanto? ¿Ambos son capaces de gestionar una emergencia médica? ¿Les da miedo manipular el cuerpo del bebé? ¿Alguno tiene pautas de comportamiento que podrían poner en peligro al hijo?

Si la pareja que no está funcionando no se ha separado luego de las primeras semanas del bebé, empezará una etapa de nuevos conflictos en relación con las decisiones de crianza y probablemente también en relación con la interacción de la familia nuclear con la familia extensa. En cuanto a la crianza hay que decir que, a pesar de que hayan conversado sobre las cuestiones que creían importantes, surgirán otras que pueden hacerles sorprenderse de lo diferente que piensan. Además, a menudo cambia la percepción entre el momento de planear y el de llevar a la práctica el plan; por ejemplo, un padre temeroso puede negarse a dormir con el bebé aunque se haya pactado que así sería. En cuanto a la familia extensa, hay que tomar en cuenta que a pesar de haberse establecido referentes en las relaciones antes del nacimiento del nieto y sobrino, apenas inicia la interacción con las personas en tanto abuelos y tíos. A veces no es sencillo poner límites a sus intervenciones, que pueden ser altamente estresantes en una situación donde hay problemas de pareja.

También ocurre que algunas mujeres se enfocan completamente en su rol de madres, incluso cuando desean que la pareja subsista y el hombre participa en el cuidado del hijo. Recuérdese que el ideal maternal ha sido típicamente constitutivo de la subjetividad femenina y que las mujeres pueden encontrar en el maternaje un espacio para ejercer poder que a veces es el único del que disponen (cf. Esteban y Távora, 2008). De hecho, hay mujeres que se apropian del ámbito de la crianza, relegando a los hombres a un papel muy secundario o desplazándoles completamente. No es de extrañar que esta distancia dificulte más el reencuentro emocional de las parejas que han tenido complicaciones.

Así pues, una pareja se rompe ante la crisis detonada por la llegada del primer hijo, fundamentalmente por las siguientes razones, que se implican entre sí:

  1. Alguno de los miembros se ve sobrepasado por las demandas de la situación y el otro no tiene disposición o recursos para lidiar con eso.
  2. La pareja en sí misma no había evolucionado hasta el nivel de madurez requerido para seguir adelante, en medio de las demandas de la situación.
  3. Se descuida o abandona la relación de pareja, en función de una implicación determinada de alguno de los miembros en la relación filial: la mujer porque quiere estar siempre presente o ser la única que esté presente, el hombre porque reproduce las pautas de un padre ausente.

 

Referencias:
De Kejzer, B. (2006). Hasta donde el cuerpo aguante. La manzana, 1, 11-11
Esteban, M. L. y Távora, A. (2008). El amor romántico y la subordinación social de las mujeres: revisiones y propuestas. Anuario de psicología, 1, 59-73.
Etienne, A. E. (S. f.). Crisis en la relación de pareja: una mirada constructivista. Recuperado de: http://www.gestaltentuvida.com.mx/pdf/crisis_en_la_relacion_de_pareja.pdf
González, I. (2000). Las crisis familiares. Revista cubana de medicina general integral, 3. Recuperado de: http://scielo.sld.cu/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S0864-21252000000300010
Gutman, L. (2006). La maternidad y el encuentro con la propia sombra. S.l.
Laza, C. y Puerto, M. I. (2011). Cuidados genéricos para restablecer el equilibrio durante el puerperio. Revista cubana de enfermería, 1. Recuperado de: http://scielo.sld.cu/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S0864-03192011000100010
Mágaz, A. M. y Sánchez, V. M. (2004). Intervención en una crisis del desarrollo: El nacimiento de un hijo. Acción psicológica, 1, 55-63. Recuperado de: http://e-spacio.uned.es/fez/eserv.php?pid=bibliuned:AccionPsicologica2004-numero1-5050&dsID=Documento.pdf
Marcos, J.  A. y Garrido, M. (2009). La terapia familiar en el tratamiento de las adicciones. Apuntes de psicología, 27, 339-362. Recuperado de: http://www.apuntesdepsicologia.es/index.php/revista/article/view/151/153
Martinez, B. (1997). Fomento de la lactancia materna en atención primaria. Boletín de la Sociedad de Pediatría de Asturias, Cantabria, Castilla y León, 161, 153-159. Recuperado de: http://sccalp.org/boletin/161/BolPediatr1997_37_153-159.pdf
Morillas, A. M., Valor-Segura, I. y Expósito, F. (2015). El perdón ante transgresiones en las relaciones interpersonales. Psychosocial Intervention, 24, 71–7
Nigenda, G., López-Ortega, M., Matarazzo, C. y Juárez-Ramírez, C. (2007). La atención de los enfermos y discapacitados en el hogar. Salud pública de México, 4. Recuperado de: http://www.scielo.org.mx/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S0036-36342007000400008
Salguero, M. A. (2008). Identidad de género masculino y paternidad. Enseñanza e investigación en psicología, 2, 239-259. Recuperado de: http://www.redalyc.org/html/292/29213204/
Sangrador, J. L. (1993). Consideraciones psicosociales sobre el amor romántico. Psicothema, 5, 181-196.
Suárez, P. (2006). Ruta crítica que siguen las mujeres afectadas por la violencia familiar en el municipio de Querétaro. Querétaro, México: Secretaría de Desarrollo Social. Instituto Municipal de Género del Municipio de Querétaro.
Villegas y Mallor (2012). La dimensión estructural y evolutiva en las relaciones de pareja. Acción psicológica, 2, 97-110. Recuperado de: http://www.redalyc.org/html/3440/344030770009/
Viorst, J. (1990). El precio de la vida. Buenos Aires: Emecé editores.

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