Psicoterapia para el camino

Empatía

Conceptualización Psicológica de la Empatía

Buena parte de la vida social está basada en el conocimiento íntimo de los motivos e intenciones de los demás (Wallace, citado por Hollan y Throop, 2008). El reconocimiento a profundidad del ser del otro es una experiencia emocional fundamental en la evolución de la especie humana.  Pueden sentirse la tristeza, el dolor o la alegría del otro como afectos profundos propios, contagiosos (Summers, 2012). Cuando se empatiza, se pueden tener reacciones sociales de diversa índole, como puede ser ayudar, rechazar o evitar.

La empatía implica reconocer en sí mismo tanto virtudes como defectos de carácter del otro  (Kurtz y Ketcham, 1992) e implica un sentido de comunidad. Es la capacidad de sentir al otro desde el interior, implica “entrar en resonancia con la situación y los sentimientos de otra persona (Ricard, 2013: 62)”. Es una capacidad participativa que permite comprender los sentimientos e ideas de los demás. Al sentir empatía, se hacen analogías de las experiencias del otro con respecto a las de sí mismo.

Clark (1980) propuso que la empatía es la capacidad única del ser humano de sentir las experiencias, necesidades, frustraciones, tristezas, alegrías, ansiedades, heridas o anhelos de otros como si fueran propios. Los sujetos tienden a variar en cierto grado de desarrollo en la corteza cerebral para tener una empatía funcional y la mayoría de los seres humanos pueden ser educados para que el logro de dicho nivel de empatía pueda contrabalancear los determinantes bestiales del comportamiento humano.

La identificación emocional con otro individuo requiere una consciencia y un funcionamiento del sí mismo a fin de lograr un proceso creativo de analogías, lo cual es vital para que una relación empática suceda. Dicha identificación combina una proyección imaginativa de uno mismo en la vida emocional del otro con una conciencia introspectiva de las experiencias y emociones análogas que resultan de la propia experiencia. Se puede asumir que existen diferencias entre individuos debidas a diversos factores que podrían determinar la capacidad empática de alguien, pero en general la capacidad empática tenderá a mejorar con la edad y la experiencia. Es decir, es una función del proceso de madurez alcanzar una mejor empatía con los demás (Menaker, 1983).

La empatía requiere un sí mismo claramente individuado, sin dependencias patológicas, para que sea capaz de identificarse con la experiencia individual y los sentimientos del otro (Menaker, 1983) para así conocer a las personas sin prejuicios. Se trata de un proceso informativo, en el que se alcanza un conocimiento profundo del otro en sus sentimientos y anhelos (Ricard, 2013). El entendimiento empático va más allá de la comprensión racional, pues involucra un plano emocional que responde a un cuestionamiento interno: ¿Qué me hace sentir el otro?

La empatía debe verse más como una experiencia introspectiva, en un sujeto que está interrelacionándose con otro pero que ha de sentir lo que el otro siente en un ejercicio perceptivo propio. Así el sujeto “se da cuenta” de lo que el otro siente mediante una experiencia emocional propia.

Empatía y Neurofisiología

Existe una diferenciación cognitiva, tanto neurológica como psicológica, entre el sí mismo o self y el otro o sea la persona o grupo humano con la que existe una relación intersubjetiva. La empatía incluso es una cualidad neurofisiológica (Evans-Harris, 2013). Con ella se demuestra que en la evolución, el cerebro se ha convertido en un órgano pro-social, que tiende a priorizar la relación con los demás. Existen personas que tienen mayor capacidad empática que otras debido a su condición neurobiológica hereditaria.

Existe abundante evidencia basada en estudios de comportamiento y cognitivos correlacionada con experimentos de imagen funcional que indica que los individuos tienden a entender los estados emocionales y afectivos expresados por otros con la ayuda de la arquitectura neurológica que produce dichos estados. Estos mecanismos neurológicos dan impulso a representaciones compartidas, que constituyen un importante aspecto de la empatía. Existen otros componentes neurofisiológicos, incluyendo la habilidad de monitorear y regular procesos cognitivos y emocionales para prevenir la confusión entre sí mismo y el otro que son también partes integrantes de un modelo funcional de la empatía. Los estudios de imagen funcional soportan un modelo de funcionamiento empático que destaca el rol de regiones cerebrales específicas, especialmente la ínsula, la corteza cingular anterior y la región temporo – parietal derecha (Decety y Jackson, 2006).

Muchos de esos estudios ponen de manifiesto la rama innovadora de la neurociencia social, que combina díselos de investigación y mediciones del comportamiento usadas en la psicología social con marcadores de neuroimagen. Este abordaje juega un papel importante en la concertación de teorías sobre el comportamiento social, de manera específica con respecto a la empatía (Decety y Lamm en Ickes, 2011). Por ejemplo, se ha demostrado que las llamadas neuronas espejo juegan un papel fundamental en el ejercicio de la empatía.

Existe una empatía cognitiva y otra emocional. En la cognitiva, se toma la perspectiva del otro con respecto a una realidad que está percibiendo y en la emocional, se siente la emoción que un hecho le produce al otro. La comunicación efectiva entre las personas en cualquier tipo de relación,  se da en un terreno empático, tanto cognitivo como emocional.

La sociedad egoísta y el abandono de la empatía

El abandono de la empatía social y el crecimiento de los comportamientos egoístas en la sociedad posmoderna, cuestiona la evolución neurológica del ser humano. Sin embargo, debe hablarse de una “empatía negativa” o más bien de una identificación con las conductas egoístas e incluso malvadas, que de cuando en cuando se dan  en la sociedad.

Bråten (2013) se pregunta cómo la empatía puede bloquearse de manera natural, como ocurre en algunos sujetos del espectro autista o en la experiencia infantil temprana de ligarse solamente a una figura parental de forma agresiva que puede producir a un psicópata adulto.

A veces, y esto se ha demostrado a lo largo de la historia, la empatía colectiva se puede aprovechar por un líder autoritario para generar un aparente beneficio colectivo que implica la destrucción de un enemigo que representa al mal. El narcisismo se ha impuesto en la sociedad moderna y al sujeto narcisista se le dificulta sentir empatía por los demás. Las reacciones de la colectividad ante la falta generalizada de empatía, se encontrarán entonces matizadas por el odio.

La “modernidad líquida” que propone Bauman (2002) aleja a las personas de la empatía y las compromete con una sociedad egoísta. Las personas no están buscando seguridad y felicidad en el conocimiento, sino en el desconocimiento del otro. La presión del principio de realidad sobre el principio del placer no pareciera estar orientada desde lo social a propiciar una realidad colectiva bondadosa, sino a la admisión del triunfo de los valores egoístas de acumulación de capital a toda costa por unos cuantos “triunfadores”.

Goldhagen (1996) en su estudio sobre los voluntarios genocidas alemanes en el Holocausto, hace patente la existencia de personas comunes, que tuvieron extinta su capacidad empática al realizar actos de tortura y muerte a vecinos, sin que les motivara autoritarismo alguno, en exceso a las directrices nazis. Es necesario cuestionarse en el mundo actual cuántas personas evitan sentir empatía por personas que sufren la tragedia económica de la pobreza.

La empatía puede perderse en el individuo si se sumerge en una masa violenta. En el experimento de “la conducta cruel de las mujeres anónimas”, Zimbardo (2007) demostró que en una situación de anonimato, un grupo es capaz de animarse a cometer conductas de mayor crueldad que en una situación de ser identificado.

Promoción y educación para la empatía

Contra el imperio del egoísmo, no puede perderse la esperanza de que el cerebro humano tiende cada vez más a evolucionar hacia los desarrollos empáticos y altruistas y que al final la naturaleza habría de imponerse. La educación empática puede dar lugar a una cultura de la paz global.

La empatía puede ser vista como algo digno de promover (Knight, 1989). Una correcta formación ética de los niños y adolescentes pasa por el desarrollo de la empatía. Debiera incluirse su enseñanza en las escuelas como parte de la currícula de educación cívica de manera normal.

Es posible entrenarse mediante prácticas de meditación para la empatía y el amor altruista (Ricard, 2013), así lo demuestran investigaciones que relacionan la meditación con la neuroplasticidad como lo demuestra el surgimiento de la investigación en neuroimagen acerca de la empatía.

Cuando se siente empatía, las emociones se comparten y se motivan las conductas altruistas (Archer, 1991). Puede existir incluso un “contagio emocional” en el que la empatía compartida con cierta causa, da lugar a un emprendimiento colectivo que permite el crecimiento moral de un grupo e incluso la evolución social. A mayor empatía social, se producen mayores generaciones se seres bondadosos.

El altruismo, que es la conducta encaminada a procurar el bienestar desinteresado del otro, es un producto de los sentimientos empáticos.  Una persona que evita la empatía, no puede ser altruista, pues la motivación altruista tiene un costo en tiempo, recursos materiales y energía en favor de los demás (Batson, Ahmad y Socks en Miller, 2005).  La educación para el altruismo implica desarrollar una vocación de servicio en niños y jóvenes que previamente han sido educados en familias que hacen crecer la capacidad empática.

La base existencial de la ética surge de la habilidad de percibir empáticamente al otro. De ahí que el desarrollo moral de la sociedad dependa de la estimulación de esta capacidad psicológica. Hacerse consciente de la capacidad empática permite tanto el conocimiento de sí mismo como la construcción de relaciones de mayor significado.

  1. Archer, R. (1991). Dispositional Empathy and a Pluralism of Prosocial Motives. Psychological Inquiry, 2(2), 123-124. Retrieved from http://www.jstor.org/stable/1449243
  2. Bauman, Z. (1999). Modernidad Líquida. México, Fondo de Cultura Económica, 2002.
  3. Bråten, S. (2013). Roots and Collapse of Empathy. John Benjamins Publishing Company. Retrieved from http://www.ebrary.com
  4. Clark, K. B. (1980).  Empathy: A neglected topic in psychological research. American Psychologist, Vol 35(2), Feb 1980, 187-190. http://dx.doi.org/10.1037/0003-066X.35.2.187
  5. Decety, J., & Jackson, P. (2006). A Social-Neuroscience Perspective on Empathy. Current Directions in Psychological Science, 15(2), 54-58. Retrieved from http://www.jstor.org/stable/20183076
  6. Evans-Harris, J. (2013). Minding the Social Brain. Astoria, NY, International Psychoanalytic Books.
  7. Goldhagen, D. (1996). Los Verdugos Voluntarios de Hitler. Los Alemanes Corrientes y el Holocausto. México, Taurus, 1997.
  8. Hollan, D., & Throop, C. (2008). Whatever Happened to Empathy?: Introduction. Ethos, 36(4), 385-401. Retrieved from http://www.jstor.org/stable/20486588
  9. Ickes, W. J. D. J. B. (2011). The Social Neuroscience of Empathy. MIT Press. Retrieved from http://www.ebrary.com
  10. Knight, P. (1989). Empathy: Concept, Confusion and Consequences in a National Curriculum. Oxford Review of Education, 15(1), 41-53. Retrieved from http://www.jstor.org/stable/1050269
  11. Kurtz, E. y Ketcham, K. (1992). The Spirituality of Imperfection. Storytelling and the Search of Meaning. New York, Bantam Books.
  12. Menaker, E. (1983). Self, will and Empathy.  Contemporary Psychoanalysis, 19:460-470
  13. Miller, A. (Ed.) (2005). The Social Psychology of Good and Evil. New York, Guilford Press.
  14. Ricard, M. (2013). En defensa del Altruismo. El Poder de la Bondad. Barcelona, Urano, 2016.
  15. Summers, F. (2012). The transcendent experience of the other: Futurity in empathy. Journal of Theoretical and Philosophical Psychology, 32(4), 236-245. doi:10.1037/a0030082
  16. Zimbardo. P. (2007). El Efecto Lucifer. El Porqué de la Maldad. Barcelona, Paidós, 2008.

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