Resiliencia y Adicciones

El libro de “doce pasos” de Alcohólicos Anónimos (1970: 61) en su décimo paso, dice: “Entonces, nos vemos enfrentados con la prueba decisiva: ¿podemos mantenernos sobrios, mantener nuestro equilibrio emocional y vivir una vida útil y fructífera, sean cuales sean nuestras circunstancias?”. La experiencia de evitar una recaída es formadora de resiliencia. El adicto en recuperación se cuestiona en qué está basado este éxito que se va volviendo repetitivo y justamente es en la resiliencia.

Cyrulnik (2001: 44) afirma que Edipo, en cada uno de los eventos de su existencia trágica, partiendo de su abandono para luego casarse con su madre, recibir la ominosidad del Oráculo de Tebas y cegarse por sentimientos de culpa extremos, pudo haber tenido la “opción de otro destino”. La resiliencia se encuentra asociada al cumplimiento continuo de las responsabilidades personales, familiares y sociales, la capacidad de tener emociones positivas y generar experiencias creativas y productivas, de manera inmediata y en un periodo continuado a pesar de haber estado expuesto a un evento disruptivo con potencial traumático. Es decir, a pesar de la ominosidad, es posible tener una vida útil y feliz, con amor y trabajo plenos, y esto depende de cierta estructura de personalidad adquirida. Siempre será útil para las personas resilientes ante cierto hecho disruptivo reconocer este potencial, pues podrá servirles en otras situaciones emergentes.

Pero esta ominosidad es tanática, es decir, se relaciona con el instinto de muerte que se opone al erotismo que propone un desarrollo cultural (Szplika, 2016). La sucesión constante de eventos disruptivos en la existencia del sujeto es la normalidad y la relación con la muerte es inmanente. Por eso no debe extrañar que la mayoría de las personas quede indemne ante disruptividades con potencial traumático, lo cual define a la resiliencia. O sea, ante hechos disruptivos siempre habrá más resilientes que traumados.

Desde los inicios del psicoanálisis (Breuer y Freud, citados por Thompson, 2004), se consideró que la meta de un tratamiento era abandonar la miseria neurótica y lograr la infelicidad común, pues el mayor conocimiento de sí mismo, puede llevar al individuo a enfrentar con éxito la infelicidad. De este dominio del sí mismo, se puede pensar que la utilización de una técnica de meditación que haga abandonar los pensamientos hostiles contra la propia persona y los demás, permite una actitud más sana, ligada a la felicidad. 

El concepto de resiliencia ayuda a entender y promover el desarrollo positivo en situaciones percibidas originalmente como negativas y en retos potencialmente destructivos es la capacidad de responder a presiones y tragedias rápida, adaptativa y efectivamente, recordando y reconociendo dicha experiencia para enfrentar futuras adversidades. Es una capacidad creciente del psiquismo individual para enfrentar adversidades sin caer en situaciones de formación traumática. 

Boris Cyrulnik, entrevistado por Madariaga y Arribillaga (Madariaga, 2014: 33–34), presenta una de las definiciones más simples: “…un proceso que consiste en iniciar un nuevo desarrollo tras periodos de agonía psíquica. Si dicho desarrollo es bueno, entonces se habla de resiliencia… Si estás herido, quizá te van a acompañar y te ayudarán a reanudar tu desarrollo.”  En su libro Resiliente Rick Hanson (2018) habla acerca de la idea psicológica fundamental respecto a que una ruta existencial determinada depende de cómo se maneje los retos, se proteja las vulnerabilidades y se incremente los recursos y que los mentales como la determinación, la autoconfianza y la amabilidad hagan a una persona resiliente.

El concepto de resiliencia es adecuado para describir la capacidad que tienen algunos adictos, lamentablemente no la mayoría, de recuperarse de la adicción activa. Pasar de tener una personalidad trastornada que busca la destrucción propia y de sus vínculos a ser una persona con identidad totalmente diferente hace suponer que se ha tenido cierta fortaleza interna que se conjugó con un programa de tratamiento exitoso.

Tener resiliencia implica cierta fortaleza yoica. Desde la perspectiva de la estructura psíquica, el adicto es vulnerable y necesita desarrollar resiliencia. Esto radica en que la capacidad resiliente es una función del Yo. Para Freud (1914) la tarea del Yo es la autoafirmación en el sentido externo para conocer los estímulos, memorizar las experiencias de ellos, evitar estímulos intensos y enfrentar adaptativamente los estímulos moderados. En el sentido interno, enfrenta a los instintos provenientes del Ello, tiende a dominarlos, decide si se pueden o deben satisfacer o bien aplazándolos e incluso suprimiéndolos totalmente. Externamente, la resiliencia se relaciona con la función adaptativa e internamente con la capacidad de demora o supresión de instintos destructivos. 

Si la locura de la adicción se vive en soledad en sus últimas etapas, la recuperación siempre es con la participación de otros. La resiliencia implica para el Yo una vida con el Otro. Una meta terapéutica interesante que permite prevenir recaídas en los adictos es la formación de resiliencia.

Reivich y Shatté (2002), plantean en su investigación sobre el tema que el principal aspecto de la construcción de la resiliencia tiene que ver con el estilo cognitivo. Cuando aparece la adversidad, a veces de manera disruptiva, se utilizan abordajes mentales para entender sus causas e implicaciones de tal forma que se pueda hacer sentido de prontamente de la gran cantidad de información que irrumpe en la psique. A veces con lo que ya se tiene de información y la inteligencia de por medio es suficiente para salir adelante y solucionar el problema, en otras ocasiones, se puede estar sobrepasado por lo que ocurre y hay que hacer un mayor esfuerzo. 

La resiliencia implica una relación con objetos internalizados que apoyan al sujeto para enfrentar distintas situaciones y estos deben tener lo más posible de valencia positiva como para producir una restricción . Para producir resiliencia, es útil que el paciente recuerde cómo se han dado los logros de independencia en las distintas etapas de la vida. Puede ser que al enfrentarse situaciones de dependencia, sea necesario mirar a ese pasado, como es el caso de adultos mayores que menciona Martindale (2007), pueda extraerse de resiliencia necesaria para enfrentar nuevos retos. 

Este constructo tiene cualidades de adaptación y perceptivas. En cuanto a la primera, permite la ubicación y el desarrollo exitosos en un ambiente a pesar de factores asociados con una disfunción psicológica o una relativa baja competencia (Zukerfeld y Zukerfeld. 2005). Como cualidad inherente a la percepción, las personas resilientes inhiben la expectativa de la repetición ominosa de un hecho disruptivo, a diferencia de quienes son traumatizadas por un hecho con las mismas cualidades.

Al establecer la validez de la trayectoria resiliente es importante distinguirla de la negación o de otras formas de ajuste superficial (Bonanno, 2005). Este autor, al analizar la resiliencia frente al trauma potencial de un evento disruptivo, mediante estudios y entrevistas a damnificados y familiares del ataque a Nueva York de septiembre 2001, ha concluido que la resiliencia es la respuesta más común y no la recuperación. De ahí derivaron tres conclusiones: 

  • La resiliencia difiere en la asociación típica entre evento potencialmente traumático (disruptivo) y trauma o recuperación de éste.
  • Es en realidad el resultado más común ante eventos disruptivos.
  • Muchos y a veces inesperados factores pueden promover un resultado resiliente de un hecho disruptivo. Esto quizá incluya factores situacionales como las relaciones significativas e individuales como la adaptabilidad flexible a los retos.

En el relato de un vivenciar disruptivo está la clave para reconocer la capacidad de resiliencia, según Cyrulnik (1998). Se esperaría encontrar en las vivencias de estos sujetos una situación disruptiva que los impulsó a tomar el camino del pacifismo. Para este autor narrar las vivencias traumáticas permite resignificarlas y llevar a la instrucción, la conducción a la virtud y la construcción de otras vidas.

Como en toda situación psicobiológica crítica y como todo proceso de autoconocimiento, como pudiera ser una psicoterapia psicoanalítica o una inmersión en un programa de recuperación de adicciones, el curso de cambio progresivo es plenamente experimentado y conocido, por su dinamismo y potencial transformador, de forma que su significado puede ser comprendido (Aragno, 2003). Es decir, se está en condiciones de comprender el sentido de haber enfrentado la crisis y el significado del cambio que ha producido, dentro del proceso transformador al que se ha elegido inscribirse.  

Ser resiliente es una renuncia a ser como se era antes de ser consciente de la necesidad de cambiar. Para seguir con la vida, hay que recuperar el interés en ella, pero también hay que hacerse consciente de que se tiene una inclinación inconsciente a morir. 

Reconocer la experiencia resiliente para mejorar la técnica psicoterapéutica puede ser útil para que el mismo paciente se de cuenta de su progreso. 

Existen diversas formas de ver la resiliencia en la recuperación. Quienes relacionan la práctica budista con los Doce Pasos (Laura S., 2006), proponen que hay que considerar cuatro acciones:

  • Entender que la adicción es incurable, progresiva y mortal y que su fundamento es el deseo. 
  • Realizar la tarea de enfrentar la enfermedad mediante la abstinencia.
  • Debe entenderse qué significa estar limpio o sobrio.
  • Hay que seguir los doce pasos lo mejor que se pueda. 

Durante la recuperación, la resiliencia se adquiere paulatinamente. No es algo que se pueda de un día a otro, no se trata de una reparación inmediata. Pero cualquier persona puede incrementar su capacidad resiliente. 

Los grupos de doce pasos surgen en 1935 con las primeras reuniones de Alcohólicos Anónimos. A partir de allí han surgido otras agrupaciones entre las que se cuenta a Narcóticos Anónimos, nacida en 1953. En ambos casos se trabaja con personas que tienen el deseo de dejar de consumir su sustancia o sustancias de preferencia. Se dice que inician un proceso de recuperación cuando empiezan a pertenecer a un grupo con el deseo manifiesto de dejar de consumir. Una definición apropiada de recuperación pudiera ser el proceso de cambio de identidad de un sujeto drogadicto a un sujeto abstinente, que pasa adicionalmente por una reestructuración psíquica. El mismo texto de NA (2014: 28 – 29) “Vivir Limpios…” consigna la pregunta: “¿Cómo conciliamos lo que hemos sido con lo que estamos pasando a ser en recuperación?… A veces tardamos un tiempo hasta lograr ponernos al día con lo que somos…”.

En la comprensión del sufrimiento común que lleva a la búsqueda del crecimiento personal está la clave de los grupos de autoayuda. Un grupo terapéutico siempre permite la adopción de nuevas ideas, la introyección de un conjunto de funciones yoicas que las experiencias de otros proveen. Pero es necesaria la receptividad que promueve una actitud humilde. 

El grupo de doce pasos permite a través de la identificación, la modificación retroactiva del pasado. Una de las prácticas habituales en este programa, es el relato de la experiencia, más acerca de la recuperación que de la adicción activa. Esta experiencia va pasando de la simplicidad a la complejidad, puesto que al inicio de la rehabilitación no hay mucho por hacer salvo sacar al ser físico de la compulsión por consumir drogas. Luego, al ir adquiriendo sobriedad, la vida va alcanzando grados crecientes de plenitud. Las personas resilientes entienden que el error no es un punto final (Reivich y Shatté, 2002). La resiliencia sirve para disminuir aquellas áreas débiles que afectan el desarrollo personal.

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