Psicología del Ahorro

Se decide entre consumir o ahorrar, un dilema del comportamiento humano cuando se percibe el producto del trabajo, ya sean utilidades o salario.

En cuanto a conducta económica, el individuo tiende a racionalizar la mayor expectativa de ganancia (Chetty, 2006). La decisión de ahorrar tiene que ver tanto con los ingresos esperados como con los beneficios o ganancias de los ahorros generados (Karni, 1982).

¿Por qué las personas eligen ahorrar? El ahorro es un voto de confianza en el futuro y una actividad que envuelve tanto el dolor de posponer el consumo como el placer de imaginarse un buen futuro (Wämeyrd, 1999). Siendo joven se le pospone porque se cree habrá ingresos futuros, ya maduro se ahorra porque se espera bajos ingresos después y siendo viejo se consume los ahorros de la vida.

Existe una psicología subyacente al hábito de ahorrar o no hacerlo. La falta o el exceso de ahorro son la simbolización de un conflicto inconsciente. William James (1890), en sus Principios de psicología, menciona como uno de los instintos básicos la apropiación o la adquisición y señala el origen de su desarrollo como el impulso con el cual los niños buscan o piden cualquier objeto que les llama la atención. En ese momento de la vida comienza a desarrollarse una derivación instintiva de la libido relacionada con la acumulación material (Fenichel, 1938). No querer ahorrar o derrochar denota una necesidad inconsciente de destruir un objeto psíquico persecutorio que representa la acumulación material. El dispendio es la necesidad de vaciarse de algo “malo”, guardado y percibido como dañino.

Se tiende a ahorrar cuando se cree que guardar el dinero evitará riesgos en el futuro.

La aversión al riesgo es la caída de la función de utilidad o la disminución marginal de la satisfacción en el actual nivel de riqueza, debido a un cambio favorable en el ingreso. Es decir, qué tanta felicidad adicional se consigue con un incremento en el ingreso. Quienes tienen aversión al riesgo perciben una menor utilidad de incremento en el ingreso y las personas tolerantes esperarán una mayor si aumentan sus entradas (Finke y Guillemette, 2016).

Una parte de la aversión al riesgo está ubicada en el miedo de la gente a perder sus ahorros en el banco. También se teme disiparlos en diversas situaciones, por ejemplo cuando existe inseguridad en el vecindario. Por eso se tiende a diversificar en función del riesgo percibido. El ahorrador tratará de optimizar su “portafolio de ahorros” para disminuir al máximo el trance de perderlos. El pensamiento económico general afirma que las personas más ricas tienen menos aversión al riesgo, según lo revisado por Schechter (2007).

Hábitos persistentes, compromisos de consumo y niveles de subsistencia generan variaciones en la aversión al riesgo, con la consecuencia de que cuando el nivel de dinero líquido cambia la proporción que un hogar invierte en activos riesgosos va en la misma dirección o de forma inversa, dependiendo de la inercia de cada familia a gastar o ahorrar, es decir, la cultura de ahorro que posea en función de la aversión al riesgo (Brunnermeiery y Nagelz, 2006).

Para ahorrar primero se requiere trabajar y que el valor de la labor genere un excedente entre ingreso y gasto para sostener el ritmo de las jornadas diarias del actor psicológico y económico, actuando en una sociedad de consumo. Cabe cuestionarse si se estaría dispuesto a trabajar más por ahorrar solamente.

Villagómez (2014: 550) se pregunta “si los individuos están realizando el ahorro necesario para mantener un nivel de consumo y bienestar adecuado durante la fase de retiro.” Se ahorra porque se tiene la creencia de que se merece tener cierto conjunto de satisfactores como resultado. Ahorrar implica una disminución presente en la calidad de vida a cambio de elevarla o al menos conservarla en el mismo nivel en el futuro. Actualmente el sistema de pensiones hace que una parte del ahorro de quienes trabajan de manera formal sea obligatorio. Sin embargo, no existe cultura de ahorro voluntario para el retiro y, en el caso de México, una buena parte de la población se encuentra fuera del sistema Afore.

El mismo autor (2014: 551) toma la idea del modelo de ciclo de vida para el ahorro y sugiere que “un individuo racional busca suavizar su consumo óptimo a lo largo de su vida, para lo cual acumula suficientes recursos durante su vida laboral activa para financiar su consumo durante su retiro. La pregunta es si en realidad ocurre esto”, y pudiera plantearse que esto depende de la personalidad de cada sujeto.

La mayoría de las personas con cuenta de ahorro para el retiro desconoce cuál es su destino durante su vida laboral, es decir, una parte de sus fondos va a un lugar relativamente desconocido al ingresar al sistema financiero. Esto denota confianza a pesar de las debacles económicas.

Respecto a esta conducta, existen decisiones complejas. Por ejemplo, si para ahorrar se debe contratar una hipoteca que permita invertir en un bien de cuyo valor se espera un incremento en la plusvalía. Es decir, la gente puede endeudarse para ahorrar, lo cual suena paradójico e implica que si el comportamiento se generaliza existe una tendencia decreciente de la aversión al riesgo, pero se ha demostrado que esta situación tiende a ser cíclica. Algo emergente de la crisis financiera de 2009, originada por el excesivo riesgo en que incurrieron los deudores hipotecarios, es que la gente tiene mayor aversión al riesgo, pero pareciera que conforme pasa el tiempo disminuye para completar otra vez una especie de ciclo perverso. La paradoja de tipo psicológico lleva a una crisis económica.

Se ha de ahorrar porque se tiene una determinada percepción del futuro. Según estudios originales de la psicología relacionada con el fenómeno inflacionario (Katona, 1974), muchas personas lo resienten y creen que les afecta sus finanzas. Cuando los precios a los cuales se enfrentan las familias son más altos, creen no oportuno comprar mientras la estabilidad estimule la confianza del consumidor para hacer más compras. Sin embargo, la expectativa de que suban crea ciertas percepciones, como creer que si aumentan en el corto plazo gastarán más en sus necesidades y sus recursos se reducirán, comprando bienes y servicios no esenciales, por lo que los ahorros tenderían a reducirse ante expectativas inflacionarias.

Nos hace falta educación financiera. Aunque muchas familias quieren enseñar a sus hijos a tener acumulación económica como medida de éxito personal pareciera existir un doble mensaje, pues por otro lado muchos fracasos y depresiones, debido al deseo por lo material, están dados por comportamientos materiales autodestructivos.

En el mundo capitalista posmoderno, para la mayoría de quienes lo habitan, tener dinero ahorrado está asociado a la sensación de bienestar (Ruberton, Gladstone y Lyubomirsky, 2016). Actualmente muchos libros de “autoayuda” tratan el tema. Sus autores intentan “educar” a los lectores cómo hacerse ricos y tienen un gran éxito en ventas, pero no como para ser multimillonarios.

Las personas tienen una saliencia1 variable con respecto al ahorro. Es decir, cada individuo tiene una propensión diferente, no obstante tenga el mismo nivel de ingresos. Cada persona se comporta de manera distinta respecto al consumo y el ahorro. La propensión marginal a éste es una variable microeconómica que determina la proporción de ingreso que cada persona destina al ahorro, es decir, la parte de cada unidad monetaria adicional que percibe de ingreso dedicada al ahorro (Samuelson y Nordhaus, 1986). Cronqvist y Siegel (2013) analizaron una muestra de gemelos fraternos e idénticos confrontados con datos acerca de sus hábitos de ahorro y encontraron diferencias genéticas que explican el 33 por ciento de la variación entre individuos. Cada persona nace con una predisposición genética a determinada conducta de ahorro, un efecto que no desaparece durante la vida.

[1]  Se define como saliencia a la capacidad discriminatoria de estímulos externos en la cual se da prioridad a alguno cuando se presentan dos o más de manera simultánea y se tiene que escoger y producir un determinado comportamiento.

 

Una sociedad consumista como la surgida a finales del siglo pasado tiende cada vez menos al ahorro. Es decir, quienes valoran demasiado la satisfacción en el presente con bienes que incluso pueden ser innecesarios o suntuarios menosprecian el ahorro e incluso se endeudan para adquirir esa clase de bienes.

Existe un triángulo perverso al tener pocos ingresos, gastar más de lo ganado y endeudarse, lo cual implica no ahorrar. Sin embargo, hay quienes a pesar de endeudarse paradójicamente guardan dinero o invierten el producto de sus deudas. Los impulsivos olvidan sus metas de ahorro y por qué deben hacerlo, por lo que deben recordárselo a sí mismos constantemente o tener la ayuda terapéutica apropiada. Ésta es la experiencia que psicólogos clínicos tienen de personas con problemas por el manejo del dinero y una estructura de personalidad endeble.

La impaciencia hace que las personas ahorren menos. Por ejemplo, DeVoe, House y Zhong (2013) encontraron correlación entre el crecimiento de los restaurantes de comida rápida y la menor tasa de ahorro en los hogares aledaños. La tendencia a preferir la gratificación inmediata a la recompensa del interés compuesto refiere la discontinuidad retardada o la preferencia temporal por el presente, es decir, ser impaciente.

Un paciente en rehabilitación de conductas compulsivas entre las cuales está comprar afirma que pensar primero en ahorrar cuando recibe ingresos le ha permitido avanzar en su recuperación. La impulsividad en los gastos está asociada a afectaciones del estado de ánimo como la enfermedad maniacodepresiva o trastorno bipolar.

Imaginar una visión positiva del futuro produce metas para el ahorro (Cameron, 1923) y tener pensamientos derrotistas puede ocasionar una conducta de gasto compulsivo. Ahorrar implica:

  • Una visión de lo deseado para el futuro, incluyendo proveer a la familia de un porvenir favorable.
  • Prever tiempos no favorables, o sea los ciclos económicos y las variables emergentes en la sociedad y la familia para enfrentar adversidades económicas.
  • Pensar en el retiro, conciencia íntegra de un self, es decir, el individuo se concibe como el mismo en toda su experiencia psicológica desde la infancia y piensa que llegará a una etapa en la que necesitará retirarse del trabajo con una cierta cantidad de ahorros.
  • Conciencia de situaciones transgeneracionales en tiempos difíciles.
  • Experiencias satisfactorias de haber logrado metas de ahorro.
  • Capacidad de demora y mantener a raya los impulsos de comprar cosas innecesarias.

Todo lo anterior tiene que ver con las cualidades en la estructura de personalidad tanto en el temperamento –heredadas– como con el carácter –adquiridas en el desarrollo psicológico.

Según la teoría económica, el ahorro es la base de la inversión productiva y un país de ahorradores genera mayor capacidad productiva y protección contra los efectos nocivos de los ciclos económicos. En países emergentes debiera haber mayor convencimiento de la necesidad de ahorrar y generar riqueza social, aunque incluso en países desarrollados como Estados Unidos no hay ahorro suficiente para el retiro (Skinner, 2007).

Referencias
Brunnermeiery, M. y  Nagelz, S. (2006). Do wealth fluctuations generate time-varying risk aversion? Micro-evidence on individuals asset allocation. Research Paper. Princeton University, NBER and CEPR.
Cameron, E. (1923). The psychology of saving. The Annals of the American Academy of Political and Social Science, 110, 156-164. Retrieved from http://www.jstor.org/stable/1015080.
Chetty, R. (2006). A new method of estimating risk aversion. The American Economic Review, 96(5), 1821-1834. Retrieved from http://www.jstor.org/stable/30034997.
Cronqvist, H., & Siegel, S. (2011). The origin of savings behavior. Retrieved from http://papers.ssrn.com/sol3/papers.cfm?abstract_id1649790.
DeVoe, S. E., House, J., & Zhong, C. B. (2013). Fast food and financial impatience: a socioecological approach. Journal of Personality and Social Psychology, 105(3), 476-494. doi:10.1037/a0033484.
Fenichel, O. (1938). The drive to amass wealth. Psychoanal Q., 7:69-95.
James, W. (1890). The principles of psychology , NY, US: Henry Holt and Company, vi, 704 pp.
Katona, G. (1974). Psychology and consumer economics. Journal of Consumer Research, 1(1), 1-8. Retrieved from http://www.jstor.org/stable/2488948.
Karni, E. (1982). Risk aversion and saving behavior: Summary and Extension. International Economic Review, Vol. 23, No. 1 (febrero, 1982), pp. 35-42 http://www.jstor.org/stable/2526461.
Ruberton, P. M., Gladstone, J., & Lyubomirsky, S. (2016). How your bank balance buys happiness: The importance of “cash on hand” to life satisfaction. Emotion, 16(5), 575-580. http://dx.doi.org/10.1037/emo0000184.
Samuelson, P. y Nordhaus, W. (1986). Economía. México, Mc Graw Hill, 1988.
Schechter, L. (2007). Risk aversion and expected-utility theory: a calibration exercise. Journal of Risk and Uncertainty, 35(1), 67-76. doi:http://dx.doi.org/10.1007/s11166-007-9017-6.
Skinner, J. (2007), “Are you sure you’re saving enough for retirement?, Journal of Economic Perspectives, 21(3), pp. 59-80 https://www.dartmouth.edu/~jskinner/documents/SkinnerAreyouSure.pdf.
Thaler, R. H. (1994). Psychology and savings policies. American Economic Review, 84(2), 186.
Villagómez, F. A. (2014). El ahorro para el retiro. Una reflexión para México. El Trimestre Económico, LXXXI (3), julio-septiembre, 549-576.
Wämeyrd, K. E. (1999). The psychology of saving: a study on economic psychology. Cheltenham, UK. Edward Elgar Publisihng.

 

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