Dependencia entre padres e hijos. Orígenes y consecuencias

Introducción

Acerca del desarrollo psicológico nunca se llegará a una independencia total porque los seres humanos son interdependientes, pues la libido tiende a atrapar objetos con los cuales se identifica, estableciendo lazos de cooperación para la perpetuación de la especie. Ése es nuestro instinto gregario, el cual implica la transmisión mutua y empática de emociones.

La dependencia no es asunto de la psicología clínica al que se pueda categorizar de manera sencilla. Posee un componente dimensional y cada individuo presenta cierto grado hacia objetos y vínculos. No se llega a la independencia total sino a una relativa aparejada a la del desarrollo social.

En la teoría psicoanalítica clásica la dependencia se halla ligada a los eventos de la fase oral del desarrollo que Freud propuso en 1905 en sus Tres ensayos… De la frustración o la excesiva gratificación durante esta etapa resulta una hipotética “fijación oral”, de ahí se piense que una persona adulta relativamente incrustada en ésta tendrá cierta dependencia de otros para su crianza, guía, protección y apoyo y continuará exhibiendo comportamientos que la reflejen, como conductas relacionadas con la boca, confianza en la comida, bebida u otro tipo de introyectos para resolver problemas de ansiedad. Se puede ver que la dependencia se desarrolla en el humano por la alimentación, el vínculo originario y el instinto (Bowlby 1988).

Melanie Klein (1937:310) afirmó que “el primer objeto de amor y odio del lactante, su madre, es deseado y odiado a la vez con toda la fuerza e intensidad características de las tempranas necesidades del niño.” Para ella el objeto de la dependencia es también el foco del aborrecimiento cuando las necesidades no son satisfechas y el medio para abandonar la dolorosa situación emocional de desamparo es precisamente la gratificación materna, a tal grado que se establecerá un vínculo dependiente. Para Bowlby (1988:40) el “apego es cualquier forma de conducta que tiene como resultado el logro o la conservación de la proximidad con otro individuo al que se considera mejor capacitado para enfrentarse al mundo. […]saber que la figura de apego es accesible y sensible le da a la persona un fuerte y penetrante sentimiento de seguridad, y la alienta a valorar y continuar la relación.” El afecto está asociado a la dependencia.  

Esto se traduce en la ineptitud para resolver situaciones conflictivas relativas a dependencia o autonomía porque existe una tensión neurótica entre las inclinaciones a éstas (Bornstein 1996). Es interesante tratarlo en el orden de la complejidad, pues tiene aristas. Este artículo examina dependencia, sobreprotección, seducción, manipulación, codependencia, independencia e interdependencia como formas relacionales entre las personas, con orígenes y consecuencias, como la manera en que se pone en juego los grados de dependencia logrados como intentos, exitosos o no, de vínculos eficaces en productividad y empatía con los demás. De acuerdo con Puget (2005), los nexos entre dos subjetividades son impredecibles y no deducibles, es decir, están sujetos a indeterminación e incertidumbre.

Por ejemplo, el adolescente con síndrome de dependencia, quien trata de encontrar una identidad, también vive esa ambivalencia. Quiere dejar a la familia pero tiene pavor de hacerlo. La tormenta emocional muchas veces es paliada con un consumo excesivo de sustancias que quizá se torne adictivo.

La cultura asigna socialmente un “trabajo dependiente” que implica asistir a quien se somete, como niños, ancianos y personas con discapacidad. Al respecto, este trabajo es producto de los vínculos desiguales de personas que viven para los dependientes y en desventaja respecto a quienes no los tienen, algo mucho más evidente en la desigualdad en la cual vive el género femenino (Feder Kittay 1999).

Dependencia

En la sumisión emocional las libidos de quienes interactúan entre sí quedan enlazadas y  conforman un patrón relacional. Esta fijación impide destinar la energía psíquica para mejores fines, como la creatividad y la independencia económica.

Según Winnicott (1960), la forma en que el infante acata el ambiente determina la dependencia emocional. Proponía tres estados:

  • Absoluta. No tiene manera de saber el alcance del cuidado maternal, en gran medida profiláctico, y no puede obtener control de lo bien o mal hecho, pues se encuentra en una situación de lograr placer o displacer.
  • Relativa. El crío puede darse cuenta de las necesidades del cuidado materno e ir hacia una extensión relativa de sus impulsos. Quizá se reproduzca esto en el tratamiento psicoanalítico mediante la transferencia.
  • Hacia la independencia. El niño desarrolla medios para hacer cosas sin mayor cuidado externo. Lo logra por la acumulación de memorias del cuidado recibido, la proyección de las necesidades personales y la introyección de los detalles de la atención, con el desarrollo de cierta confianza en el ambiente. En esta fase se ha conseguido un relativo desarrollo intelectual para tal efecto. Entonces la evolución de una relativa independencia está relacionada con la de la inteligencia.

En las familias “tradicionales” puede existir dependencia de la mujer hacia el hombre. Cuando los hijos se identifican con la madre y el padre representa la exigencia se vuelven dependientes de la voluntad del otro, subsistiendo un ideal del yo exigente que generará sentimientos de minusvalía cuando sus decretos no sean cumplidos, los cuales en la vida adulta se alojarán en el superyó. Aunque no se desee, la familia siempre tendrá una poderosa influencia en los modos de pensar y actuar de los mayores (Gorsky 1989).

La dependencia es parte de una fantasía inconsciente, siempre apareciendo en estados de privación y relativa a que “…el niño anhela el pecho materno; al no tenerlo imagina que lo tiene, es decir, evoca la satisfacción que deriva de él…” (Klein 1936:312). La persona dependiente demanda cuidado cuando ni siquiera lo necesita, vive con miedo a perder al objeto de sumisión. La dependencia emocional está relacionada con trastornos graves de personalidad (White, Flanagan, Martin y Silverman 2011). Es una dimensión importante en el trastorno fronterizo de la personalidad, pues uno de sus rasgos es el intento frenético por conservar relaciones confrontadas con actitudes hostiles y saboteadoras de vínculos. El Manual DSM-5 establece como primer criterio diagnóstico del trastorno límite de la personalidad la existencia de esfuerzos desesperados para evitar el desamparo real o imaginado; el segundo es un patrón de relaciones interpersonales inestables e intensas caracterizado por una alternancia en los extremos de idealización y devaluación. En ambos se identifica un desarrollo psicodinámico originado en una dependencia patológica.

El mismo manual nosográfico ubica un trastorno de personalidad dependiente con los siguientes criterios diagnósticos:

  • Dificultad para tomar decisiones cotidianas sin un consejo excesivo o el reaseguramiento en otros.
  • Necesidad de otros para asumir responsabilidad en las áreas destacadas de su vida.
  • Dificultad para expresar desacuerdo con otros por temor a perder apoyo o aprobación.
  • Dificultad para emprender proyectos o hacer algo por falta de confianza en las habilidades de uno mismo, más que de motivación o energía.
  • Hacer demasiado por obtener cuidado o apoyo de otros hasta el punto de ejecutar cosas no placenteras.
  • Sentimiento de displacer o impotencia cuando se está solo por miedos exagerados a no poder cuidarse uno mismo.
  • Búsqueda urgente de otra relación como fuente de cuidado y apoyo cuando una termina.
  • Preocupación irreal con miedo de ser dejado a cuidarse por sus medios.

 

Sobreprotección

Un estilo educativo sobreprotector hará difícil a los niños aprender autodisciplina y desarrollar independencia. El padre que mantiene la dependencia lo hace muchas veces porque para él representa afecto. Llega a existir una filiación masoquista, es decir, se depende para sufrir. Generar acatamiento a una persona constituye un acto de agresión psicológica. Se requiere notar que en la práctica clínica se puede tratar parejas con tendencias depravadas de ambos, en las cuales hay una incapacidad notable de manifestar abiertamente la agresión, soterrada en el inconsciente (Hall, 2014), y se tiende a producir provocación pasiva o conductas destructoras del vínculo.

Cuando una madre produce excesiva dependencia en su hijo paga la desigualdad ante el padre; es decir, vuelca su libido en el niño y sus cuidados, mientras que el progenitor se retira de forma responsable o irresponsable. Esto limita la calidad de vida de ella, quien no puede distribuir eficazmente su energía psíquica en todos los proyectos que pueden hacerla feliz. Así, la sobreprotección genera una cuota de la desigualdad de género.

Placidez e independencia están ligadas. Quien es dependiente no encuentra momentos felices continuos. En cambio, una vida interdependiente en la que se recibe y da en la misma proporción produce emociones satisfactorias como la gratitud y el orgullo por el bienestar del otro.

¿Cómo afecta la dependencia entre padres e hijos en las relaciones futuras? La sobreprotección muchas veces proviene de una pérdida previa. El miedo a un nuevo quebranto se transmite a los hijos y en ellos podrá existir siempre el temor a perder los idilios y tratar de conservarlos de forma irracional, incluso sobreprotegiéndolos. Inmovilidad y falta de motivación caracterizan a la persona sobreprotegida, pues espera que otro resuelva sus problemas, lo cual implica una persistente conducta dependiente o, a la inversa, sobreprotectora.

Seducción y manipulación

El dependiente tiende a volverse seductor. Dice Aldo Carotenuto (1989:65):

Aunque ansiemos una unión total, sabemos por experiencia que eso es un mito. Renunciar a tal y desligarnos de la fantasía simbiótica que representa significa que en una relación amorosa uno siempre se sentirá separado del objeto de su deseo. Lo que amo jamás será completamente mío. La aceptación de esta realidad nos obliga a reconocer nuestro aislamiento fundamental aun en aquellas situaciones que parezca exorcizarlo.

En la seducción hay un resabio de la atracción materna hacia el infante que éste introyecta como modo de relacionarse, fantaseando el dominio del otro para poseerlo y lograr placer. Llenar la falta persistente requiere de la incitación. También, “desde el momento de nacer, el niño de carita redonda y grandes ojos echa a andar un proceso de seducción que inspira tiernos sentimientos en sus padres. Esta primera huella condiciona y moldea todas nuestras futuras relaciones.” (Carotenuto 1989:69). Cuando se intensifica la fascinación madre-hijo de forma mutua se genera una relación dependiente que influirá en la vida adulta.

Para que no haya manipulación el aglutinamiento familiar debe ser suficientemente flexible, tanto como para permitir la separación e incluso el rechazo, pues no es posible formar una relación basada en la verdad ni en la empatía. Es a final de cuentas un rasgo narcisista.

Según Bursten (1973), las características de la conducta manipuladora son:

  • Debe existir un conflicto de origen entre las metas del manipulador y de quien es manipulado.
  • El manipulador tendrá una intención consciente de practicar su conducta.
  • La manipulación ocurre mediante engaño, embuste o fraude.
  • Al ser exitosa produce una sensación de alivio y orgullo en el ejecutor.

Hacer sentir culpable al otro para que produzca la conducta deseada es manipulación. La persona manipuladora incluso sabotea los intentos psicoterapéuticos profesionales de promover conductas adaptativas, pues el comportamiento es egosintónico, es decir, se encuentra arraigado en la estructura de personalidad.

 

Codependencia

En este tipo de relaciones, frecuentemente resultado de toda una sistémica familiar, predomina el control. Existe un péndulo de amor y odio de gran elongación y es difícil tener un justo medio emocional respecto al otro. Se profiere frases como “Te necesito y no me haces falta”, “Te odio pero no me dejes”, “Estamos bien pero te quiero dejar”; la ambivalencia también tiene correspondencia con las conductas escindidas de los miembros de la pareja. Esta forma bifurcada de comportamiento expresa un trastorno de personalidad.

En la codependencia existe un gran monto de agresión reprimida emergiendo de intentos constantes por controlar al dependiente. La necesidad de control es paralela a la manipulación. Por ejemplo, el codependiente se ha identificado con la madre que, como si fuera una extensión narcisista, lo manipulaba a él y otros miembros de su familia en una actitud sobreprotectora. Haber sufrido tal dominio lo ha llenado de ira que no ha podido externar ni metabolizar, lo cual hace buscar una pareja con quien lo pueda ejercer actuando su agresión dominadora.

Cuando se habla de codependencia no se culpa a la víctima (Favorini 1995) pero se establece una forma patológica de relacionarse por cierta estructura de personalidad. El adicto no “inocula” al codependiente su patología sino que desde el momento de vincularse ya existe una necesidad compulsiva de cuidarlo. Conocer la codependencia no es un acto de culpa social a la víctima sino un llamado a que quien posee estos rasgos se haga consciente y responsable.

La persona codependiente está obsesionada con la vida de otra como si fuera completamente incapaz, sobre todo debido a su adicción, y tiene memorizada una lista de resentimientos sin intención de perdonar e incluso cree saber lo que su familiar debiera o no hacer (Beattie 1994).

Por proyectar el mal en su pareja el codependiente muchas veces no nota la gravedad de su problema. Quiere sostener un control, un equilibrio que nunca podrá alimentar porque la interacción con su par es impredecible. No le ayuda colocarse en un rol secundario al “foco” del tratamiento, quien quizá sea un paciente adicto.

Los manipuladores poseen rasgos paranoides, pues sienten su autoestima amenazada por el conflicto provocado porque el otro, contra quien supuestamente compiten, logra su meta. Sin embargo, aquellos con trastornos más acentuados tienden a ser más destructivos y no se conforman con la gratificación narcisista de lograr una conducta sino que manipulan para dañar al otro (Bursten 1978).

Independencia

Un niño muestra autonomía cuando se siente amenazado si puede enfrentar la situación sin necesidad de reaseguramiento o ayuda y se asume que podrá confiar en sí mismo y evitar ser dañado o estar en condiciones de tomar la actitud necesaria o acceder al auxilio apropiado. Quizá también la exhiba como forma de ganar aprobación de los demás o evitar juicios negativos. También puede expresar independencia para experimentar la autoaprobación, proveniente de sentirse capaz de dominar situaciones difíciles, ya sea nuevas o que no había podido realizar sin ayuda (Heathers 1953). Implica estar listo para trabajar y desarrollar vínculos en el ambiente laboral. Para esto es necesario haber pasado por una crisis de identidad (Erikson 1959/1987).

La integración plena del yo del infante depende de la aportación de la madre a él del suyo (Winnicott 1960). La independencia emocional empieza por generar una apertura hacia el mundo. Como  planteó Heidegger, se es “ser en el mundo[…] porque solo desarrolla sus potencialidades en contacto con él, lo que es lo mismo que decir que la humanidad como cualidad[…] se adquiere interactuando con los seres y objetos (Román 2016:63)”, lejos de la cobertura que la familia otorga a sus miembros jóvenes, quienes deben hacer el mayor esfuerzo por separarse (Carotenuto 1991). Cuando esta separación no es eficaz se presenta un bloqueo en el desarrollo psíquico.

La persona independiente tiene amor por sí misma y se siente dueña de su destino. No posee celos al no ser atendida por los seres queridos y es racional, no impulsiva, para percibir las injusticias. La dependencia está más ligada al principio del placer y la independencia al de realidad. Sin embargo, alguien independiente ha de regodearse al percibir sus logros.

La independencia también está relacionada con la capacidad de discriminar entre ser y tener, con la elección de lo primero como característico. La educación es un componente importante al que la libido confiere de forma creativa para concebir como un logro mayor llegar a ser mejor y no obtener tantos bienes materiales (Román 2016). La creatividad para ser una persona integrada en todas las áreas vitales en las que se puede distribuir la energía libidinal se opone a la dependencia y se asocia a la independencia.

Interdependencia

Es relativa, dada la vida en sociedad y el hecho de que cualquiera tiende a depender o ayudar a un dependiente de forma sana. Además, en el ser humano existe una capacidad innata, instintiva, instalada en el ello, para generar amistad, sentido de cooperación y ser gregario y que tiene al altruismo como manifestación intersubjetiva hacia la interdependencia. Una mente abierta ante estímulos del exterior, nuevas vivencias y relaciones implica que se puede reconocer la capacidad de ser interdependiente, de ahí que la independencia total es un mito.

La dependencia afecta el desarrollo psíquico y para lograr un estado de relativa independencia hay que pasar por el dolor anímico de haber caído en la seducción y la manipulación de los padres y, no obstante desear salir de allí, no poder. Los cambios en la estructura de personalidad se presentan cuando los factores traumáticos son considerados por el sujeto con su propio entendimiento y afectan emocionalmente su noción de sí mismo (Winnicott 1960).

En la interdependencia la empatía juega un papel fundamental. La dependencia genera inmadurez e incapacidad. Se puede verla de manera negativa, pero se debe recordar constantemente que depender de alguien también dependiente de nosotros puede significar capacidad y madurez. La misma división social del trabajo explica esta interdependencia (Özler 2012). En sociedad se vive para dar y recibir. Así, la dependencia conforma un patrón de comportamiento.

La predicción de que el compromiso de formar pareja está positivamente asociado con la satisfacción del otro y la interdependencia relacionada con la de estar juntos son hallazgos importantes. Esta condición proclive a formar vínculos sanos y duraderos se encuentra anclada en una educación temprana (Givertz, Segrin, & Woszidlo 2016).

Recientemente el afrontamiento diádico ha recibido una creciente atención tanto en teoría como en estudios empíricos. Existen dos modelos básicos (Bodenmann, Meuwly, & Kayser 2011).

  • El comparativo, en el que cada miembro de la diada es comparado con el otro en su capacidad de enfrentar juntos situaciones de estrés.
  • El sistémico, en el cual el afrontamiento de problemas es concebido como un proceso interactivo y recíproco.

El segundo sería un mejor predictor para integrarse a un modelo que midiera la calidad de una relación. Esto puede tener implicaciones en la situación familiar. Así la interdependencia se caracterizaría como un esfuerzo interactivo ante los estímulos del mundo externo, percibidos por cada miembro de la situación vincular y en el discurso del conjunto, en el cual se concuerda realizar aportaciones con un objetivo común.

La individuación como un ser interdependiente y no dependiente o codependiente es una meta importante del desarrollo psicológico y la psicoterapia actúa en ese sentido. El tema de la dependencia es recurrente en los procesos psicoterapéuticos y en cualquier caso el psicoterapeuta debe intentar que el paciente se haga responsable de lograr cada vez mayor independencia y comportamientos tendentes a una interdependencia empática que lo hagan sentirse útil y feliz.

Referencias
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