Esbozo de la violencia para un proyecto de paz

Este trabajo es parte del comienzo de mi investigación doctoral para la Universidad de El Salvador respecto a una interpretación psicoanalítica del discurso para la construcción de una cultura pacifista. Se expone la síntesis de una indagación bibliográfica no exhaustiva acerca de la violencia, tema considerado elemental para entender los principios básicos de su par antitético: la paz.

Como la historia es violenta, se debe desentrañar el porqué, lo cual implica conocer la eidética, es decir, tener presentes las manifestaciones recurrentes y disruptivas, de forma que los saberes  permitan desarrollar estrategias para lograr la paz. Actualmente la marea de violencia proviene de lo agitado del capitalismo. Edgar Morin (2005) alude a un “Homo demens, capaz de delirio, de demencia…” y hace ver: “En las fuentes de lo que consideramos la barbarie humana encontramos por cierto esta vertiente demens productora de delirio, de odio, de desprecio y que los griegos llamaban hybris, desmesura.”

La violencia implica un acto abrupto, inesperado, que entorpece un proceso normal, causa de una ruptura del equilibrio habitual e indispensable para la vida o el desarrollo social pacífico. Aquí se le describe como fáctica y a lo violento como algo disruptivo, lo cual puede desembocar en traumático. Esto socava la confianza colectiva y es difícil interpretarlo (Benyakar  et al., 2016). Paradójicamente, esta emergencia quizá sea orquestada como una manera deliberada de sostener un orden.

La violencia y la paz no son un par categórico. Tampoco las pulsiones libidinales y tanáticas. Aparecen en grados, entremezcladas. Existe un instinto agresivo al cual la teoría psicoanalítica intenta enfrentar. Una pregunta es si el ser humano sobrevive atacando en un mundo hostil incluso desde sus primeras horas de nacido. El pensamiento kleiniano (Alford, 1990) cree no solamente en una propensión a responder con odio sino a desplazar lo bueno con lo malo. En este proceso son revertidos el bien y el mal y se destruye lo percibido como bueno, llamándosele a esto envidia, la cual, según Melanie Klein (1957: 181), “siendo expresión oral –sádica y anal– de impulsos destructivos, opera desde el comienzo de la vida y tiene base constitucional.” La repetición de la rabia edípica en situaciones transferenciales o en compulsiones evidencia en el psicoanálisis la existencia de agresión primitiva, contenida en los instintos alojados en el Ello.

La pulsión de muerte es un pilar de la teoría psicoanalítica, de suma utilidad en la comprensión de la agresividad que el analizado ejerce contra los demás y hacia él mismo. El acometimiento es la parte constitutiva de un instinto. Su finalidad es producir una conducta destinada a modificar un determinado objeto; cuando se busca deliberadamente producirle un daño, se convierte en violencia. No es necesariamente un acto físico, puede ser verbal, psicológico o económico.  Surge cuando se da un nacimiento “dificultoso con complicaciones que perturban la adaptación al mundo externo, de tal manera que el niño quede menoscabado en su capacidad de experimentar nuevas fuentes de gratificación y, por lo tanto, no poder internalizar suficientemente un objeto primario realmente bueno.” (Klein, 1957: 184).

El principio de realidad encauza la agresión innata, pero no la aniquila. Escobedo (2017: 23) sintetiza una postura psicoanalítica:

El proceso secundario de pensamiento ligado al principio de realidad representa la posibilidad de conocer las palabras con las que le damos significado real a los sucesos, lo que nos permite renunciar a suposiciones o creencias paranoides e impedir actos impulsivos y destructivos que parten de mecanismos arcaicos relacionados con un dolor desintegrador.

El cumplimiento del deseo quizá sea un acto violento porque quizá exista una ley agresiva en el Superyó como mandato. Esto se hace evidente en la educación desde el narcisismo asimilado socialmente o de otro por un padre, el cual impone como regla al infante. Pero antes de la aparición del progenitor en escena ya ha sido violento el discurso de la madre como interpretación, en enunciados performativos como una “acción anticipatoria constitutiva…” en la que desde un primer momento “transforma en significación  –de amor, de deseo, de agresión, de rechazo– accesible y compartida por el conjunto lo indecible y lo impensable, característicos de lo originario” (Aulagnier, 1975: 131). Ella impone una metabolización de origen –transformar el afecto en sentimiento– al infante para que interprete al mundo y alcance a entender la ley paterna.

Sin embargo, lo violento, sin significado para la víctima, quizá sea claro para el ejecutor. Quien practica la violencia desea subyugar al otro para obtener una gratificación narcisista. Se constituye una herida en la diferencia entre lo permanente en el ideal del Yo y lo que el sujeto percibe como el cumplimiento parcial de sus expectativas.

Kernberg (1995) introduce la cuestión de si la agresión es el resultado de la experiencia temprana o de la constitución y la genética. Quizá el instinto agresivo esté reprimido pero no anulado. Según el pensamiento freudiano, los impulsos dañinos más arcaicos no se desvanecen, continúan existiendo, en espera de resurgir (Gay, 1988: 444).

Freud no podía completar su teoría del narcisismo que expresó en 1914 hasta que introdujo a la pulsión de muerte en Más allá del principio del placer (1920). Según Massota (1992: 177), acerca de la Introducción al narcisismo (1914), “leer el texto significa, en primer lugar, que hay que encontrar en él una ausencia. Es decir que, cuando se lee, algo falta: alguna referencia a la agresión o a la pulsión de muerte.” Para el autor argentino la agresividad es un convidado no presente al introducir el concepto de narcisismo en su acepción freudiana original.

Existe una amenaza de violencia del Otro cuando se teme perder algo de sí mismo. La angustia de castración proviene de la percepción de tal riesgo (Green, 1990: 11).

La amenaza de castración, cuando surte efecto, genera una angustia cuyas consecuencias serán más o menos patógenas según las relaciones que entable con un superyó más o menos riguroso. El Superyó tendrá que hacerse cargo de la mencionada amenaza y presionará inconscientemente sobre el Yo. Si persisten los deseos prohibidos, la angustia de castración desempeñará su papel de señal disuasoria en todas las oportunidades en que renazca la tentación de transgredir.

Entonces, la amenaza introyectada queda en la psique como parte de una conciencia moral. Por eso se dice que el ideal del yo, con la percepción de la diferencia violenta entre realidad y expectativa y la conciencia moral como detección de posible retaliación culposa suman en el superyó un componente de agresión y su amenaza es constante, por lo cual el yo opera para proyectarla o justificarla. El sujeto sufre la angustia de ser castrado y la impotencia que eso le provoca. Si la violencia paterna es exagerada, se constituirá un síntoma narcisista.

Cuando la ley paterna está corrompida el mandato inconsciente es proclive a la violencia. Así, el sujeto está a merced del impulso agresivo hacia un goce destructor de otro o de sí mismo. ¿Por qué no se puede discriminar desde cierto grado de conciencia moral a ese padre malvado que impone mandatos así? Surge la orden parricida como una respuesta al progenitor que clama muerte, a quien se le quiere aniquilar oponiendo el mismo grado de agresión. De su postulado, la intimidación patriarcal constituye una herida narcisista constante. En la medida en que se tiende a tal patología, la vuelta hacia sí mismo produce montos menores de empatía hasta llegar a un punto en el cual la agresión está justificada para el sujeto en aras de obtener “su” gratificación.  

El complejo de Edipo nunca está disociado de la agresión. Para Lacan (1958) el hijo de Yocasta no sabía que había cometido un crimen hasta cuando lo nombró. Así, muchas veces se niega la intimidación, pero se encuentra del otro lado de los límites de la palabra, de la dimisión de ésta. “No hay violencia más que en las fronteras o en la cercanía de los rebordes” (Otero, 1993: 49). Es la agresividad a la cual se da palabra lo que se puede reprimir y no la disruptiva. El sepultamiento del complejo de Edipo da lugar a que la violencia sea nombrada con mayor frecuencia y ya no negada, lo cual propicia un avance en el desarrollo del psiquismo (Freud, 1924).

La violencia funciona como prueba de autoestima, pues el narcisismo se refuerza si la ejerce. La hay en el complejo de Edipo cuando el infante intenta apoderarse del objeto de amor, la madre. En la misma fase de desarrollo la hija confronta a la progenitora en la lucha por el cariño del padre. Estos juegos de fuerza se desplazarán durante toda la vida en los intentos de reforzamiento yoico del sujeto.

El mito azteca del nacimiento de Huitzilopochtli expresa una violencia excepcional y la afirmación de la cultura patriarcal por medio del alumbramiento de un dios sangriento. Cuando está por nacer, hay un Otro representado por los “cuatrocientos surianos” y su hermana Coyolxauhqui que no desean su advenimiento. Sin embargo, es parido y extermina a sus obstructores. Entonces los aztecas percibieron al vencedor como representación del otro capaz de ejercer violencia, por lo cual para conjurarla le sacrificaban representaciones de los hermanos sometidos para no ser agredidos por su omnipotencia.

Lo violento es algo que está, “no representado pero inscrito”, gestado desde lo real. Cuando se percibe agresivo al Otro, quizá el sujeto se someta o no a su ley. Si hay sometimiento existe autosacrificio o se proyecta la inmolación en alguien. Se puede surgir con violencia e impedir la sumisión, pero se debe conocer, es decir, nombrar su agresión.

Según Alford (1990: 5), “…en la tradición judeocristiana el mal es el problema de cómo un dios todopoderoso y bondadoso puede permitir que exista en el mundo, incluyendo el sufrimiento de personas inocentes.” Este autor retoma a Melanie Klein para afirmar una propensión a la maldad en cada sujeto.

La agresión social  integra el “conjunto de voces presentes (Aulagnier, 1975: 160)” representado por el grupo. Es un discurso en el cual el sujeto corre el riesgo de adaptarse y asumir a su sociedad tal como es. Y quizá así haya sido en realidad. Similar a la violencia primaria (Aulagnier, 1975), acción por la que en la psique se originan el pensamiento, la elección o la circulación y la descarga del placer, inducidos por el deseo impuesto por la madre, la sociedad posmoderna ha expandido el lenguaje y la cultura de la guerra para que un determinado sector tenga poder y los demás lo reconozcan. La violencia social presenta características y cualidades que impactan la psique de quienes las viven, a cada uno en función de su estructura, pero al final, mientras se conforma una colectividad, hay una afección mental colectiva.

Por supuesto, hay una violencia de género incluso en los mitos, por ejemplo en el del Rapto de las Sabinas. Según la narración, los varones que han pasado a la capacidad sexual son iniciados para la violación y la imposición de la ley patriarcal a las mujeres de otro pueblo, de otra familia. Es importante señalar tal categoría en esta época en la que se ha puesto ya en la picota el paradigma del patriarcado, cuya ruptura puede marcar una transformación hacia una sociedad con menos agresividad.

No obstante, aún se tolera la violencia de género, sobre todo en el caso de la pareja, incluso por la víctima. El masoquismo moral, producto de las prohibiciones que los padres establecieron con amenazas muchas veces cumplidas e introyectadas patológicamente en el superyó, impulsa a buscar cierta relación, pues inconscientemente se pretende ser castigado, sufrir para sentirse amado. En razón de las culpas inconscientes, soportar bajo la voluntad discrecional de un introyecto castigador equivale a recuperar el amor del objeto y la unión con él. De este modo la agresión queda absorbida en el amor (Kernberg, 2000). La creencia persistente de ser rechazado por condiciones de género, raza, nacionalidad, discapacidad, cultura o inteligencia no ayuda a una buena percepción de sí mismo.

Entonces, ¿se justifica la violencia? Citemos. Ante el holocausto perpetrado por los nazis, Goldhagen (1996: 11) expresó a sus compatriotas alemanes que “cada individuo estaba en condiciones de elegir el modo de tratar a los judíos (y a las minorías masacradas con ellos)”, una afirmación muy polémica y provocadora. Por eso, generalizar opiniones acerca de adversarios políticos es muy peligroso, pues la población en general puede acordar la agresión contra un grupo minoritario o antagónico. El peligro está en producir socialmente una mentalidad violenta contra una minoría o una perversa escisión ideológica que forme una “grieta”. Allí está el origen de los genocidios.

El oxímoron de Hanna Arendt “banalidad del mal” hacía pensar que el holocausto se había dado en una sociedad gobernada por burócratas sanguinarios, quienes ya daban por aceptables incluso la guerra y el genocidio. Al respecto, Barraza (2010: 114) propone una justificación de la violencia del Estado en virtud de “una relación de jerarquía, que sustentada en el poder y control social excluye la dimensión afectiva, y la imposibilidad de escapar a la situación en tanto no existe respuesta ni defensa ante este acto total.” Con esa consideración, se piensa que la violencia es legítima cuando es utilizada por el Estado para eliminar un mal mayor o en “legítima defensa”, aunque cabe analizarlo.

Galtung (1981) establece una lógica que parte de un concepto que da lugar a una forma de dimensionar para determinar subconjuntos de todo lo considerado violento, de lo cual resultan tres formas de expresión de la violencia.  Según tal argumento, se ha escogido a la de género con su expresión clínica de la pareja y la ciberviolencia de un subconjunto temporal que la considera como un fenómeno en evolución a la par de la formación social, como manifestaciones actuales. Apareció cuando se impuso la cultura patriarcal. Sin embargo, dada la lucha feminista de las décadas recientes, se hace aquí un pequeño análisis de las formas en que una violencia resistencial, la del machismo, resurge con gran ilegitimidad y produce fenómenos como el de la crueldad feminicida.

Es importante hacer un apartado especial de este tema, pues la violencia de género está inscrita en el inconsciente de la persona agresiva. Algunos estudios comprueban su correlación con el machismo y los trastornos graves de personalidad cuyo diagnóstico tiene como marcador la misoginia.

No parece que la declaratoria en retroceso de los valores de la cultura patriarcal de los sectores progresistas sea suficiente para abatir la violencia de género (Aparicio, 2012). Las Naciones Unidas la definen como lo “que resulte o pueda tener como resultado un daño físico, sexual o psicológico para la mujer, inclusive las amenazas de tales actos, la coacción o la privación arbitraria de libertad, tanto si se producen en la vida pública como en la privada.” (OMS, 2019). Se entiende, la violencia de género es contra la mujer. De acuerdo con una investigación auspiciada por esta organización: “En todo el mundo, casi un tercio (el 30%) de todas las mujeres que han mantenido una relación de pareja han sido víctimas de violencia física o sexual por parte de su pareja. En algunas regiones esta cifra puede llegar a ser de hasta el 38%…” (OMS, 2019: 1).

En la calidad de vida de la mujer la violencia puede ser implícita y evidente, con la limitación de la libertad en presente y futuro. Ella está a merced del ser violento porque éste es sujeto de la ley patriarcal. Para Barraza (2010: 115) “…la agresividad supone un modo de expresión de la pulsión de muerte, pero al mismo tiempo comporta un componente sexual en la medida que supone vencer la resistencia propuesta por el objeto sexual a doblegar…” El avasallamiento sádico de la mujer por un hombre que se resiste a perder los privilegios machistas, agrupados en “manadas” u otro tipo de cofradías, quiere matar la disrupción feminista.

En el contexto de la cultura patriarcal y sus manifestaciones violentas las personas que sufren maltrato sexual en la infancia son más propensas a los abusos psicológicos y físicos durante la adultez (DiLillo, Jaffe et al., 2016). Es como si existiera una búsqueda inconsciente de ser revictimizado para resolver la injusticia de manera provechosa en una nueva oportunidad.

En otra escena, entre las manifestaciones de odio ahora está el ciberacoso, relacionado mucho con la envidia y cierta superioridad percibidas en el otro en las redes sociales. También puede haber una agresión justificada e impulsiva contra lo percibido como injusticia o actitud inaceptable. En todo caso prevalece la impulsividad, como si no hubiera suficiente pensamiento racional antes de poner un post, un comentario o una respuesta.

Los cibersociópatas buscan oportunidad de victimar y restringen su actividad al internet, evitando contacto directo. Se mueven de una víctima a otra, aburriéndose fácilmente. Dado que buscan dominación psicológica, la cual pueden lograr, dejan tras de sí un gran daño a las víctimas e incluso llegan a explotarlas de forma económica directa o indirectamente (Kreuter, 2012). Se busca la destrucción de otro a quien se le observa o acosa en las redes sociales.

En la persona acosada en internet existe vulnerabilidad narcisista. Al ocurrir un ataque al yo existe una percepción de agravio que se conecta con otras formas de devaluación sufridas en la infancia.

Existen ejemplos de violencia en esta fase histórica del poscapitalismo. Al parecer hay una situación de ruptura de paradigmas en la que el conocimiento aportado por la interpretación psicoanalítica ayuda a desvanecer lo violento y hacer que permanezca y se desarrolle lo pacífico.

 

Referencias:
Aulagnier, P. (1975). La violencia de la interpretación. Del pictograma al enunciado. Buenos Aires, Amorrortu, 2001.
Benyakar, M. et al. (2016). Lo disruptivo y lo traumático. Abordajes posibles frente a situaciones de crisis individuales y colectivas.
DiLillo, D., Jaffe, A. E., Watkins, L. E., Peugh, J., Kras, A., & Campbell, C. (2016). The occurrence and traumatic impact of sexual revictimization in newlywed couples. Couple and Family Psychology: Research and Practice, 5(4), 212-225. http://dx.doi.org/10.1037/cfp0000067.
Escobedo, S. (2017). La violencia como expresión del proceso primario del pensamiento. En: Fenomenología de la violencia. Una perspectiva desde México. México: Siglo XXI.
Freud, S. (1914). Introducción al narcisismo. Obras completas, T. XIV. Buenos Aires, Amorrortu, 1992.
Freud, S. (1920). Más allá del principio del placer. Obras completas, T. XVIII. Buenos Aires, Amorrortu, 1992.
Freud, S. (1924). El sepultamiento del complejo de Edipo. Obras completas, T. XIX. Buenos Aires, Amorrortu, 1992.
Gay, P. (1988). Freud. Una vida de nuestro tiempo. Barcelona: Paidós, 1989.
Green, A. (1990). El complejo de castración. Buenos Aires: Paidós, 2004.
Kernberg, O. (1995). El odio como afecto nuclear de la agresión. En: Agresividad, narcisismo y autodestrucción en la relación psicoterapéutica: nuevos desarrollos en psicoterapia de trastornos graves de la personalidad. México: el manual moderno, 2005.
Kernberg, O. (2000). Relaciones amorosas. Barcelona: Paidós.
Klein, M. (1957). Envidia y gratitud. En: Obras completas, T. 3. Buenos Aires: Paidós, 1988.
Lacan, J. (1958). El Seminario 6. El deseo y su interpretación. Buenos Aires: Paidós, 2014.
Massota, O. (1992). Lecturas de psicoanálisis. Freud, Lacan. Buenos Aires: Paidós.
Morin, E. (2005). Breve historia de la barbarie en Occidente. Buenos Aires, Paidós, 2009.
Otero, J. (1993). La violencia y lo violento. Revista Colombiana de Psicología. file:///C:/Users/Andres/OneDrive/USAL/Marco%20Te%C3%B3rico/Violencia/Dialnet-LaViolenciaYLoViolento-4895130.pdf consultada el 31 de enero de 2019.

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